26 febrero, 2012

La Puerta de Jade

I

La humedad supura las heridas que se abren en la oscuridad de una habitación sin salida. Él se abraza sintiendo el dolor que comporta la simple existencia; siente sus brazos magullados y su piel trémula que dialoga con el frío de aquel cubil andrajoso en el que los recuerdos permanecen vetados y el polvo lo cubre todo como si cada una de sus motas hubiese sido dispuesta con afán de sepultar la mismísima realidad. Aquella persona se arrincona en un sueño baldío lleno de flores descabezadas y nubes azarosas que pueblan el firmamento hasta convertirse en negros nubarrones que batallan por el cielo buscando la inmortalidad que les fue negada tras las gloriosas guerras de la conciencia.

Su piel blanquecina tiembla ante el frío. El calor recorre la superficie de su tersa piel y se escapa por sus poros diluyéndose en la humedad de aquel aire viciado. Sus dientes tiritan y rechinan hasta el límite que le permite la rigidez de su modesta mandíbula. Sus dedos largos palpan un pequeño candelabro de cuyo interior emerge una débil luz crispada que ilumina superficialmente la habitación confiriéndolo un tono verdoso, como si aquellas paredes de duro granito estuviesen hechas de jade y los muebles viejos repletos de objetos aparentemente valiosos fueran esmeraldas que con el tiempo han ido perdiendo la significación de la esperanza. Sus manos tiemblan, está nervioso, solo y desesperado por no desear nada ni a nadie. Su vida es el frío, es la ausencia del contacto humano, el aislamiento llevado al extremo. El frío se lo lleva todo, incluido el calor que despierta el recuerdo de las cosas bellas. Su poder parece indiscutible.

II

Una noche muy fría alguien llamó a la puerta. Él escuchó unos pasos, su respiración formaba un vapor tóxico que parecía rendirse ante el gélido aroma del destino. La duda inundaba los fluidos mortecinos de sus entrañas. No esperaba a nadie. Aquella puerta negra estaba cerrada desde hacía años y nada salvo algo ancestral podría cruzarla. Una respiración sobrehumana se escucha a través de la puerta, retumbaba con fuerza y sus ecos parecían dispersarse con fuerza a través de todo el pasillo. Con cautela y sigilo quitó la cadena que cruzaba la puerta de principio a fin y miró por la rendija que ahora había quedado desvelada. Detrás de aquella puerta había un resplandor rojizo que llenaba todo el espacio permitido, era un resplandor colosal coronado por llamas incandescentes que bailaban formando una larga melena rojiza formada por lenguas de fuego. Sus pupilas se cerraron hasta alcanzar la apertura más estrecha posible. Estaba cegado por aquel fogonazo intempestivo cargado de vigor y energía mística.

Al poco rato sentía cómo el calor se filtraba a través de los duros resquicios de la puerta. Era un calor anómalo, su cuerpo se replegaba ante su presencia; el frío, por el propio contraste, se volvía más presente y sumía su cuerpo en una ataraxia profunda. No obstante, algo en su interior respondía a aquella llamada, sus pies se separaron ligeramente y movido por fuerzas intrínsecas logró volver a asomarse por la oquedad. Esta vez sus ojos estaban mejor preparados, habían recordado con dolor lo que significaba la vida. Esta vez vio la felicidad en todo su esplendor. Bañada por las llamas había un ser celeste que miraba atentamente al otro lado de la puerta, como si realmente fuera consciente de los ojos que la observaban a través. En su mirada había curiosidad, felicidad incondicional y pasión; parecía esperar indeterminadamente a que aquella puerta se abriera. Él se asustó al principio pero pronto quedó pegado a aquella puerta desde la cual se filtraba el calor que le devolvía la vida.

III

Miró durante unos segundos atrás y vio aquella oscuridad quebrantadora que le había mantenido en el sueño eterno. El color verdoso del jade había perdido fuerzas y aquella luz insípida apenas podía enfrentarse a las llamas que todo lo iluminaban. Esa luz celeste iluminaba los objetos y sus esencias, resaltaba las cualidades innatas de todo lo que merecía ser iluminado, era una luz poderosa que lo bañaba todo, devolviendo los colores que el mundo no se atrevía a recordar. Su mirada se ofuscó, sus manos temblaban queriendo abrir la puerta, pero el miedo lo retenía y le impedía tomar una decisión sabia. Durante aquellas horas interminables él se sentó contra la puerta vencido por las dudas, mirando el abismo deflagador de su existencia mientras su espalda notaba el calor de la verdad.

Cerró los ojos y con susurros cargados de arrepentimiento rezó para que aquella figura volviera por donde había venido. Sintió la culpa y la vergüenza por haber notado su calor, por haber pensado en abrir la puerta en varias ocasiones. Las dudas lo inmovilizaron durante horas hasta que finalmente escuchó unos pasos que se alejaban. Su corazón le dio un vuelco, había perdido lo que más deseaba en todo el mundo. En un impulso arrebatador se levantó y luchó con la puerta para abrirla. El viento gélido del abismo envolvió su cuerpo e intentó detenerlo, sintió corrientes de aire helado que se agarraban a su piel intentando detenerle, sentía garras de hielo y cadenas que se enroscaban en sus piernas y brazos. 

IV

Finalmente la puerta se rindió y se abrió de par en par. La luz se hizo con todo. Cada uno de los rincones de aquel abismo quedaron cegados por aquel mar áureo. Aquel ser seguía allí y sin esperar nada a cambio entró levitando en el cubículo, mirándolo fijamente con una dulce sonrisa. Nunca se había ido. Su amor era incondicional. Era la parte más dulce de su alma.

13 febrero, 2012

Sonata y Lluvia

I

Esa mañana el día empezó con una leve llovizna. Fuera de la casa, los rayos de sol luchaban concienzudamente para hacerse un hueco entre aquella masa de nubes inertes que parecía no avanzar en ninguna dirección. Los relojes marcaban la hora exacta y aunque no hacía viento la casa crujía con unos ruidos misteriosos cuya procedencia jamás quedó desvelada. Era una gran casa, llena de habitaciones y objetos valiosos, pero la soledad que despedían aquella multitud de salas era abrumadora. El señor Thomas no era para nada viejo, tenía unos treinta siete años, pero sus condiciones de vida sumadas a la larga trayectoria de desengaños amorosos había ido carcomiendo su alma hasta dejarla postrada en un cuerpo que envejecía con prisa. Tenía una enfermedad coronaria que tarde o temprano le conduciría a la muerte, tomaba pastillas y aunque su hermana vigilaba su dieta él se dejaba morir. Había dejado el trabajo, tenía mucho dinero pero vivía solo, no tuvo nunca hijos ni mantuvo ninguna relación de pareja más de un año. Su hermana había ido a vivir con él temporalmente esperando que se repusiera de su enfermedad. 

II

Aquella mañana Thomas miró por la ventana y vio aquel crisol de colores envejecidos. La realidad se volvió triste. Una lágrima cayó por su mejilla. No era ni dulce ni salada. Era insípida como el agua de lluvia, como su vida entera. En aquel instante, atento a aquellos temblores que sucedían por rachas, salió de su cama, dejando por un momento aquellos recuerdos que le carcomían vivo. Abrió la puerta de su cuarto y se asomó al pasillo. Aquellos temblores parecían haberse hecho más fuertes. Ese mismo día lo comentó en la comida. Su hermana había escuchado los temblores, acusaba a las cañerías en las que de vez en cuando se cuela algún animal del jardín. En aquel momento le dio la razón pero después de comer, volviendo de nuevo a su habitación, la vibración se agudizó hasta convertirse en una nota musical. No eran vibraciones de la casa sino de un violonchelo lejano que tocaba lentamente esperando hallar respuesta.

Todo parecía ser fruto de una ilusión auditiva a lo sumo una locura transitoria, pero a las pocas horas empezó a tocar una sonata de piano suave y melodiosa que le recordaban a la música que hacía años había dejado de escuchar. Antes de salir de su habitación miró por la ventana, la lluvia seguía cayendo esta vez con mayor fuerza, era una lluvia primaveral de las que refrescan el campo. La música ensalzaba el sonido de la lluvia, lo acompañaba y juntos formaban parte de una composición mayor. Thomas dejó caer una lágrima y esta vez su sabor era salado. Vio aquel prado nublado repleto de hierba fresca, barro y millones de gotas de agua dejándose deslizar por las hojas, filtrándose en la tierra para alimentar al mundo. La música se volvió más dulce y los sonidos de aquel piano resonaron con tanta fuerza que poco a poco iban desvelando su procedencia. Su hermana entró en su habitación preguntando si le apetecía hablar un rato. El negó con la cabeza y le preguntó por el piano. Ella se asustó. No había ningún piano en la casa, eran las cañerías las que provocaban aquellas vibraciones que en nada se asemejaban a las de un piano.

III

Cuando la tarde se iba haciendo avanzada, la melodía empezó a diluirse con la resignación de la lluvia que poco a poco iba debilitándose. Ahora sonaba una música triste pero rica en detalles que le invitaba a salir de aquella habitación, quería averiguar la procedencia de aquellos sonidos majestuosos, quería alabar aquellas manos ágiles que le hacían escuchar las voces del pasado. Se asomó al pasillo donde la música recobraba algo de intensidad. Dejándose llevar por su intención deambuló hasta la escalera que llevaba al desván, donde sólo había polvo y humedad. Thomas apoyó una mano sobre la barandilla de la escalera y asomó la cabeza por el hueco. Pudo ver con asombro que la puertecilla del desván estaba medio abierta y por ella entraba la luz del sol. Antes de hacer el menor movimiento un dolor estalló en su pecho; Thomas gritó y poniendo sus manos en el pecho se dejó caer hacia atrás justo al lado de la escalera. Nadie le escuchó, su grito fue débil y apenas tenía fuerzas para emitir otro sonido. Sin embargo, la música seguía tocando y con una pasividad asombrosa. Desde esa posición no podía ver la puerta del desván, pero la intensidad de aquellos sonidos le quitaron toda curiosidad. Fue la mejor melodía de su vida. Su corazón dejó de latir y sus ojos siguieron abiertos, inertes, contemplando un mundo que ya no tenía significado.

Thomas estaba muerto. La música seguía sonando. ¿Quién escuchaba la música?

12 febrero, 2012

La Ciudad de la Niebla (Acto III, III)

Escena Tercera: El Beso

Se escuchan voces lejanas que gritan de desesperación. La muerte mira con ojos ausentes al rey blanco; a continuación su semblante empieza a ensombrecerse hasta adquirir un toque terrorífico. Ya no hay amor en su mirada, se ha desvanecido por su naturaleza efímera. La muerte ya tiene lo que quiere y no necesita revestirse con sentimientos vacuos. Por vez primera en muchos años el rey siente miedo. Se siente maldito y ve todo lo que ha pasado delante de sus ojos, parece una pesadilla que no tiene fin. Todos sus vasallos están muertos en el suelo. Ya no queda nadie a quien gobernar y pronto la niebla lo engullirá todo. La realidad emerge de la locura más siniestra para morir en la soledad.

El rey blanco abre los ojos, intenta moverse pero un dolor recorre su espalda. Está tumbado en el interior de una tienda de campaña. Escucha voces a su alrededor que hablan sobre su persona. Él puede oírlas, pero las siente como si estuvieran a muchos metros de distancia. Siente un dolor agudo en el pecho, sus manos están empapadas de sangre. Se escuchan gritos de fondo, parecen como voces que le amenazan. También se escuchan cascos de caballos y gritos lejanos llenos de agonía. En algún momento cree ver un caballo blanco pasar por la apertura de la tienda pero más que una imagen real, parece una simple ilusión provocada por alguna luz exterior. A los pocos minutos esa luz se vuelve cada vez más potente hasta que ya no se ve nada.

- Voz firme: ¿Que tal está?
- Voz temblorosa: Señor, hago todo lo que puedo por él... pero tiene una herida mortal. Está entre la vida y la muerte.
- Voz firme: ¿No sois médico? Curadlo
- Voz temblorosa: No está en mis manos
- Voz firme: Son órdenes del emperador Vroiblannher.
- Voz firme: Lo sé, haré todo lo posible. No matéis al mensajero señor. Yo sólo os informo de la delicadeza de la situación.
- Voz firme: Más que un mensajero sois un asesino. Si el rey muere vos iréis con él.

Los pasos se aceleran. El rey blanco siente que le lavan y que unas manos se posan sobre su cuerpo desnudo. Alguien coloca unas vendas blancas sobre sus ojos. Todo se vuelve nebuloso. Cuando recobra el conocimiento es de noche, siente un dolor indescifrable, la guerra sigue ahí afuera, lo siente en su vientre. Hay corazones que laten acelerados hasta reventar, embriagados por el furor y el éxtasis. Otros simplemente paran y descansan para la eternidad. Algunos heridos dicen que la ciudad enemiga ya ha abierto sus puertas. Abre los ojos; ya no tiene las vendas en los ojos, ahora ve la habitación con desnuda nitidez. Coloca sus manos sobre el pecho y descubre con horror la razón de todo aquel infierno, hay un virote de ballesta clavado en su pecho. El dolor se hace consciente. Su respiración se acelera inspirada por el pánico. Ahora comprende porque se ha despertado. Su cuerpo ha dicho basta.

Una mano coge la suya en la oscuridad.

- Voz femenina: No me he olvidado de ti
- Rey Blanco: Me habéis encontrado
- Voz femenina: No os he encontrado, siempre he estado a vuestro lado pero no querías reconocerlo
- Rey Blanco: ¿Qué queréis, verme sufrir?
- Voz femenina: No, ya sabéis lo que quiero.

El rey blanco cierra los ojos consternado por el dolor. Unos labios fríos rozan los suyos y una lengua recorre misteriosamente su boca con una destreza formidable. El dolor desaparece. La torpeza del rey blanco a penas puede corresponder a los besos de su amada que se tornan cada vez más intensos y prolongados. Sus labios se encuentran y se separan hasta hacerlo desesperar. Todo se desvanece, incluyendo aquel beso que parecía sincero.

La niebla se extiende por un páramo agreste, lleno de guijarros y malas hierbas. Mira a su alrededor. No hay nadie más en aquel limbo desollador. Hace frío, mucho frío; lo siente en los ojos que se le petrifican al contemplar, lo siente en sus manos que anhelan el tacto, lo siente en su corazón que ha dejado de latir. Ya no hay amor, no hay locura, no hay esperanzas. La niebla lo cubre todo. El rey camina entre aquella marisma nebulosa. No hay camino marcado. No hay nadie a su alrededor. Está solo.

FIN

09 febrero, 2012

La Ciudad de la Niebla (Acto III, II)

Escena Segunda: Fuego y Niebla

El rey profesa un grito y la guerra sigue en la ciudad, los muertos se levantan y las lanzas vuelven a pasear por las calles ensangrentadas en busca de carne que perforar. La niebla se llena de susurros y chirridos malditos de dolor, las campanas tocan enloquecidas ante un mundo que está a punto de desaparecer. No hay sol ni luna. La niebla lo es todo. Caballos fantasmagóricos de color blanco recorren la ciudad sin jinetes, salvajes y libres, removiendo la sangre bajo sus fuertes cascos de semental. El tiempo parece volver a circular. El viento vuelve a soplar aunque no con suficiente fuerza como para despejar la niebla.

Muerte: ¡Basta ya!
Rey Blanco: No, ellos juraron servirme para siempre
Muerte: Sus cuerpos están agotados, mirad como combaten. ¿No os conformáis con las vidas que os han ofrecido y condenáis sus almas al mismo tormento?
Rey Blanco: Míralos. Sólo quieren vivir para matar y morir. Así es el hombre. Ese es uno de los secretos que me hicieron enloquecer.
Muerte: ¿Y cuál es el segundo?
Rey Blanco: Si lo supierais, desapareceríais del mundo

La muerte mira al rey blanco y cerrando sus ojos lacrimógenos alza la mano y lo señala con el dedo. Pronuncia unas largas palabras en el idioma de Adán y Eva, pero el rey blanco permanece de pie, inerte, con los ojos más blancos que nunca.

Muerte: ¿Qué sucede?, ¿Por qué no morís? Nadie es inmune a mi poder

En ese momento uno de los pocos espectadores vivos da un paso adelante y se quita la máscara. De entre todos ellos era el único que no llevaba disfraz, sus alas eran verdaderas y la luz que irradiaba su pelo no era un efecto de las luces del salón como todos habían pensado. Era un ángel y su mirada petrificaba a cualquiera que fuera consciente de su naturaleza divina. El rey blanco queda inmóvil, de pie, conmovido por la aparición.

Ángel: El rey es mío. Yo soy su protector. Besadlo y la muerte morirá. Huid y quizá os perdona la vida
Muerte: ¡Como os atrevéis a amenazarme! ¿Acaso el cielo se ha vuelto loco?
Ángel: Amiga mía. El cielo está tan lejos...
Muerte: ¿Y qué hacéis tan lejos de vuestro hogar?
Ángel: Yo soy quien ha creado todo esto
Muerte: ¿Con qué propósito?
Ángel: Todo reino necesita un rey para ser gobernado
Muerte: ¿Y por qué elegiste al rey blanco entre todos los mortales?
Ángel: Porque sabía de vuestro amor y que vendrías a él
Muerte: ¿Ha sido por tanto un señuelo para encontrarte conmigo?
Ángel: No exactamente. Era la única manera de crear todo esto. Ahora estáis atrapada en este lugar. No saldréis jamás. La muerte dejará de existir
Muerte: Imposible. Eso no puede ser
Ángel: Si, lo es. La locura se extiende por el mundo, la niebla empieza a cubrirlo todo. La gente ya no muere
Muerte: No os creo. ¿Como el cielo va a permitir esas cosas?
Ángel: Hace tiempo que ya no sé del cielo. Ni siquiera recuerdo como es la luz
Muerte: Acaso sois un ángel caído
Ángel: No, sólo soy un ángel errante que ha descubierto un gran secreto
Muerte: ¿Que secreto?
Ángel: El poder que esconde la niebla
Muerte: ¿Que esconde la niebla?
Ángel: La verdadera cara de la locura. Sabéis ahora a qué me refiero

En ese momento la muerte languidece y su carne desaparece dejando un esqueleto amortajado de negro que flota en el aire empuñando una guadaña en cuyo filo se refleja el cosmos y las estrellas más brillantes. Ambos luchan en silencio. El ángel parece luchar en desventaja pues su cuerpo es en parte material. Su espada de fuego brilla con la potencia de una hoguera, las sombras se mueven a su alrededor como si a su por toda la sala se agolpasen miles de espíritus en pena esperando ver el destino de aquel combate. Se mueve con agilidad y esquiva cada uno de sus golpes. El rey blanco permanece todavía petrificado por la visión del ángel. Todo su ser esplendoroso se refleja en sus ojos nebulosos.

Finalmente el ángel cae de rodillas y recibe la guadaña de la muerte que le atraviesa el torso con una facilidad asombrosa. Sus alas se incendian y su luz desaparece extinguiéndose en el vacío. La espada cae al suelo y la sangre empieza a arde. Ahí fuera las casas de deshacen como cenizas vencidas por el viento. La blancura desaparece de los ojos del rey blanco. En el suelo sólo queda el cadáver de un simple mortal, su sangre se esparce por el suelo y su rostro se apaga lentamente con un semblante de paz y armonía casi contagiosas. Sus labios se mueven articulados por fuerzas ocultas y dicen con voz gutural . La muerte suelta la guadaña espantada. Se supone que los ángeles no pueden morir.

Continuará...

04 febrero, 2012

La Ciudad de la Niebla (Acto III, I)

Acto III

Escena Primera: Sangre y Dolor

Las lámparas brillan con un vigor antinatural, reflejan en todo su esplendor aquella vasta sala cubierta de pan de oro y azulejos de piedras preciosas. Las grandes alfombras de color púrpura se extienden por todo el suelo. Todo era perfecto. Pronto un olor empezó a llenar el espacio de aquel lugar y reclamó la atención de los miembros de la corte. La música cesó por última vez y el baile quedó congelado esperando desvelar que se escondía detrás de aquel olor malsano. Se trataba de un hedor familiar que había sido ignorado y que ahora, por efectos de la propia naturaleza, volvía de nuevo a restablecerse, era el olor de la propia muerte.

Todos lo sabían pero no querían reconocerlo, bañaban sus pieles con cera caliente y perfumaban sus máscaras con mezclas aceitosas que disimulaban la pestilencia de sus miembros putrefactos. Aquel mar de sangre carmesí trajo con dolor recuerdos que habían sido encerrados en el baúl de la memoria, desterrados a una consciencia que se maravillaba con la inmortalidad más profana. Todos notaban la ausencia de su sangre con horror, sus venas estaban llenas de un vacío desolador que había consumido por completo todos sus sueños. Aquella sangre reflejaba todo lo que habían perdido y no querían asumir. Los gritos de horror no tardaron en llenar aquella sala.

Una figura aparece caminando sobre esa laguna de líquido vital. Sonríe a la vez que expresa un enfado mal disimulado. Saliendo de aquella espesura se sitúa en el centro de la sala donde la sangre no se atreve a llegar y habla por vez primera. Todos forman un círculo a su alrededor. Parece que flota entre las tinieblas, pues allí donde yacen sus pies las sombras son muy densas.

Muerte: El fin ha llegado
Máscara de diablillo: No, por favor, un último baile
Muerte: No, ya no más bailes. Todo esto debe terminar
Máscara de luna menguante: No quiero que se termine, no quiero marcharme
Muerte: Así debía ser en un principio. Pero ya no puedo permanecer indiferente
Máscara de sol llameante: ¿Que os ha traído?
Muerte: El amor hacia el rey blanco. Ya no he podido resistirlo más - y dice dirigiéndose al monarca - tu magia ya no sirven de nada conmigo. Tus sueños me han señalado el camino. Ya no puedes escapar de mí
Rey Blanco: ¿Acaso los sueños de un loco tienen algún significado?
Muerte: Sí y más que los sueños de cualquier mortal
Rey Blanco: ¿Qué os mostraban mis sueños a parte del camino a esta ciudad?
Muerte: El camino hacia vuestro corazón, mi rey. Se acabó, habéis sido vencido. Dejad las armas y besadme pues yo soy vuestro destino y vos mi fiel servidor
Rey Blanco: Lo siento, pero mis deseos están por encima de la muerte, ya lo habéis visto...
Muerte: No, no he visto nada salvo alguien moderadamente poderoso que se aferra a una última chispa de luz. Pronto esa chispa de luz se extinguirá y os congelaréis en el abismo de la desolación. Abrazadme y sentiréis el calor que acompaña a todo buen descanso. Cerraréis los ojos y vuestro corazón sentirá el regocijo eterno que es están a mi lado
Rey Blanco: Para ser la muerte sois una amante exigente. Vuelvo a negarme. Yo te vi en la guerra tal y como eres. Os ocultáis bajo un manto de falsedades y venís a mí profesando un amor que no sentís. Alguna vez fui vuestro siervo y os alimenté como un fiel alimenta a su dios, pero eso se terminó, ya no volveréis a destrozarme por dentro
Muerte: (Llora)
Rey Blanco: Lloráis no porque no os corresponda, sino porque no tenéis ningún poder sobre mí
Muerte: Ya basta, ¿cuantos han muerto para satisfacer tus deseos?
Rey Blanco: ¿Y cuantos han muerto para alimentar esas lágrimas que ahora escapan de tu ser?
Muerte: Ellos vienen a mí y yo los cobijo en mis entrañas como toda buena madre. ¿Acaso son celos los que alimentan vuestras palabras?, ¿Creéis que no sois especial para mí? Pues lo sois y os quiero por ello
Rey Blanco: ¿Que soy yo más que un alma más en vuestro útero infinito?
Muerte: Eres más que eso, eres la luz de mis ojos

(Un largo silencio)

Una última hueste de guerreros entra por la ciudad sin ninguna resistencia. La niebla los envuelve en misterio y oculta su presencia a los pocos arqueros que permanecen vivos en las almenas. Van equipados con armaduras pesadas y portan grandes escudos cuadrados que alzan sin dificultad, sus armas son martillos pesados capaces de aplastar monstruos que nunca llegaron a existir. La niebla no los ha podido engullir, sobre sus cuerpos hay grabados símbolos antiguos y tatuajes arcanos que revelan sus identidades y los protegen de los embrujos del rey loco. La naturaleza anómala de la niebla reveló la verdadera identidad de sus estandartes imperiales, son guerreros de otro mundo que vienen a reclamar lo que es suyo. Detrás de aquellos cascos completos no hay más que ojos cerrados que los guían en secreto hacia el palacio del rey. Se guían por el hedor a muerte que los reclama con violencia.

Rey Blanco: ¿Por qué no me dejáis libre?, ¿acaso os importo tanto como para haberos hecho venir desde tan lejos?
Muerte: Os he dejado libre durante años y ahora estáis perdido en un mundo que vos mismo habéis creado. Desde luego, me necesitáis, pero no lo admitís por orgullo
Rey Blanco: ¿Y eso os aflige?
Muerte: Me afligen muchas cosas. Huís de mí y de mi mundo y no sólo desafiáis a aquellos que me han creado sino que traéis con vosotros una legión de almas descarriadas que sólo alimentan la apatía y la duda en vuestra mente
Rey Blanco: Ellos me necesitaban. Sin mi estaban perdidos
Muerte: Y ahora están perdidos en tu locura. Terminad con todo esto, aún estáis a tiempo de quererme. Os prometo que os abrazaré como a nunca he abrazado a nadie
Rey Blanco: Son palabras enternecedoras, pero ignoráis secretos que están más allá de la muerte y de las estrellas que vuestro ser mira desde este abismo profundo y deflagador
Muerte: No hay nada más allá de mi amor. Lo sabéis
Rey Blanco: Si, he encontrado un camino donde vuestra presencia no es necesaria

La muerte grita de rabia, encolerizada por las últimas palabras del rey loco o quizá por la indiferencia que muestra ante su amor. Los allí presentes se aferran a sus máscaras y gritan con un dolor agudo, sus miembros se deshacen y de las oquedades de sus máscaras salen gusanos y pus ennegrecido. Muchos desfallecen y caen al suelo derrotados por el fatal destino que los dioses vencedores impusieron a los mortales eones atrás. Sólo algunos de ellos consiguen mantenerse en pie, protegidos por ese miedo exacerbado a la muerte que han ido alimentando durante eternidades. Uno de ellos se mantiene indiferente a los poderes mortecinos que irradian el salón. Su naturaleza no es mortal sino divina.

Continuará...

30 enero, 2012

La Ciudad de la Niebla (Acto II, III)

Escena Tercera: Calles Oscuras

Aquel día no hubo sol, su luz se reflejaba en las ventanas y en los objetos altamente visibles pero nadie era consciente de la presencia del astro menguante y de su lenta agonía. En medio de aquel caos reptante, en un lugar siniestro y de calles blasfemas, había una pequeña iglesia impía construida para adorar a criaturas lejanas que alguna vez fueron celestiales. Los gritos del sacerdote resonaban en cada uno de los callejones de aquella ciudad poseída y aunque sus grandes puertas estaban cerradas a cal y canto, aquellos rugidos sobresalían majestuosos como si estuvieran cargados de una energía ancestral. Su voz era tan potente y profesaba tan grandes calamidades que ni siquiera los guerreros más fanáticos se atrevieron a cruzar el umbral que separaba lo conocido de lo desconocido. Nadie salvo un monje siniestro era testigo de lo que allí sucedía. El interior del templo había sido corrompido y las imágenes que allí habían estado consagradas ahora no eran más que carbón humeante que alimentaban una gran hoguera que poco a poco iba carcomiendo una vieja cruz de hierro bendito que se resistía a ser doblegada. Cuando la estructura empezó a deformarse y los elementos que la configuraban iban perdiendo su identidad suprema el propio sacerdote entró y situándose frente a la estructura en llamas la abrazó de tal manera que quedó crucificado. Las llamas sellaron su unión; la carne con el acero, la sangre con la virtud. Los gritos fueron horrendos y su agonía se prolongó durante minutos que parecieron eternos. Cuando el último cántico salió de su garganta las puertas se abrieron de par en par y nada salvo un humo denso que parecía niebla empezó a esparcirse por las calles de la ciudad como un torrente de agua torrencial hasta que cada una de sus calles quedó cubierta por su esencia espectral.

El rey blanco contemplaba su ciudad desde lo alto de la torre. Su ciudad era un caldero humeante donde ya no se veía a nadie. Los soldados habían desaparecido. Todo era un desierto blanco donde el viento descansaba mortecino después de su larga marcha. Las casas parecían gelatinosas y los tejados se movían por el efecto óptico de aquella malsana ofuscación. En medio de todo aquel caos nebuloso había una criatura que caminaba lentamente, con una lentitud sobrenatural como si luchase contra el propio tiempo que se empeña en diluir la existencia. Caminaba lentamente hasta desaparecer convertido en un torrente de sangre que se acercaba lentamente hacia el palacio de su majestad lunática. Su figura le resultaba increíblemente familiar, pero el recuerdo era tan antiguo que no lograba recordar su nombre. Había olvidado que una vez el amor entre ellos fue sagrado.

Las voces volvieron a hacer su aparición.

Voz carmesí: Ya viene (risa)
Voz del otoño: Tu hora ha expirado
Susurros lejanos: Mi Rey...
Voz del sol marchito: Al igual que la mía
Rey Blanco: ¡Callaos, miserables!
El Otro: ¡Bajad la voz!
Voz del Mensajero: Venid mi rey
Guardia muerto: ¡No! Todavía faltan los postres
Voz extraña: Me he manchado el vestido
Rey Blanco: ¡Quien se atreve a venir!
Voz carmesí: La muerte
Rey Blanco: ¿Y quién la ha dejado entrar?
Voz sonámbula: La propia guerra
Voz blanquecina: El fanatismo
Voz vespertina: El sacerdote
El Otro: Estáis todos equivocados
Voz inquietante: ¿Acaso vos sabéis cómo ha podido entrar?
El Otro: Ha sido vuestro amor, majestad. La ha traído de vuelta.

(Golpean la puerta por primera vez)

Voz sonámbula: No, imposible. Mi rey, dijiste que aquí nadie moriría
Voz extraña dos: Límpialo con agua
Voz con nada: Tarta...
Rey Blanco: ¿Que ha sido del sacerdote?
Voz testigo: Ha muerto para despertar el sueño
Susurros lejanos: ... yo...
Rey Blanco: ¿Y que ha sido del monje?
Voz vespertina: Ha muerto en la guerra
El Otro: No, él es la muerte disfrazada
Rey Blanco: ¡No! No puede ser
El Otro: Lo es
Voz carmesí: ¿Acaso no notabais sus manos frías?
Rey Blanco: ¿Y porque ha esperado tanto para venir aquí?
El Otro: Porque el sueño le impedía actuar
Rey Blanco: ¡Mil horrores!
Unísono: (Lamentos)

(Golpean la puerta por segunda vez)

Voz extraña tres: No creo que se vaya
Voz miserable: Todos vamos a morir
Voz razonable: No, ya estamos muertos
Voz irritada: ¿Por qué se ha ocultado todo este tiempo entre nosotros?
El Otro: ¿Acaso nosotros no usamos máscaras?
Voz razonable: Si, pero para ocultarnos de ella; ¿de quién necesitaba ocultarse?
Voz imperante lejana: De alguien que está entre vosotros...
Voz extraña: Y si el rey muere que será de nosotros
Voz razonable: Iremos con él, somos suyos
Susurros lejanos: ... os amo.
El Otro: Mi rey, di algo
Voz vespertina: Si, hablad
Rey Blanco: Quizá todo esto sea una locura (asiente como si hubiera escuchado algo)
Voz extraña uno: No es salsa
Voz risueña: Es mejor morir que enloquecer
Voz extraña cuatro: Es sangre... (gritos)
El Otro: Peor es estar las dos cosas a la vez
Rey Blanco: Ese es el don que he traído al mundo

Golpean la puerta por tercera vez y ésta se abre vencida por un mar de sangre que delata fatalidad y coraje. Una figura femenina cruza y sale de la niebla que poco a poco va carcomiendo la realidad del palacio. Todo parece oscuro, gris, triste. El rey levanta la cabeza. Las voces cesan y la música prosigue. Sólo dos se atreven a existir en medio de aquel baile enmascarado.

Voz púrpura: La muerte ha llegado
El Otro: Y pregunta por vos

Fin del Segundo Acto

26 enero, 2012

La Ciudad de la Niebla (Acto II, II)

Escena Segunda: La Noche sin Alma

La noche envolvió el mundo con una mortaja gris, los cuerpos sin vida de miles de soldados poco a poco fueron perdiendo brillo y desaparecieron engullidos en la oscuridad más primitiva. Parecía que nunca habían existido y que su muerte sólo fuera un eco del pasado remoto. Los sonidos empezaron a resonar con fuerza en mitad de la noche. Allí en las tinieblas se montaban tiendas de campaña, se excavaban trincheras y los zapadores colocaban cientos de artilugios bélicos tales como cadenas, ganchos y empalizadas De vez en cuando las flechas silbaban y las grandes estructuras de madera lanzaban piedras al vacío de la noche, más intentando probar su valía y no tanto buscando objetivos concretos. El asedio había empezado. Poco a poco cientos de hogueras empezaron a cobrar vida. Todos aquellos puntos rojos en mitad del frío parecían ojos enfurecidos que miraban con superioridad un ideal casi inalcanzable; el viento los movía y eso les daba la motivación necesaria para propagarse en un campo donde la sangre ya había sido vertida.

La noche fluyó acompañada de mil sonidos. Estaban los lamentos de los heridos y de aquellos que en el último momento se arrepentían de haber entrado en la ciudad del rey blanco. Había personas encolerizadas y otras que habían sido poseídas por el pánico más intenso que sólo el temor a la muerte puede provocar. Pero también había sonidos viscosos y horribles que resonaban en el mundo entero. Nadie los escuchaba salvo un viejo pagano que había prometido a sus dioses dar la vida por su rey cuando fuera necesario. Su rostro demostraba el temor de un hombre sabio que ha aceptado por fin enfrentarse a la vida. Las campanas sonaban lentamente, siguiendo el ritmo del tiempo de un lugar que cada vez estaba más cercano. Los gusanos engordaban y se hacían cada vez más grandes, recorrían el subsuelo abriendo galerías hediondas, aireando tierras que la luz jamás ha pisado y que no deben ser molestadas. El viejo sentía su inquietud. Pronto se harían con el mundo agonizante sobre el cual aparentaban vivir.

Mientras tanto, había un lugar extraño donde no se había ocultado el sol. El astro agonizaba, perenne, congelado en un cielo azul, inundándolo todo de un brillo anaranjado como nunca antes se había visto. Los soldados seguían luchando en un lugar ruinoso de grandes pilares blancos. La avanzadilla imperial acompañada de mercenarios con ballestas rodeó aquel pequeño pueblo pesquero cuyo mar se había oscurecido como si no formara parte del mismo mundo. Las olas resonaban con fuerza en la playa aunque aquel mar visualmente permanecía muerto, en una calma desesperante que indicaban que el mundo había dejado de girar. Los soldados del rey salieron en tropel desde el interior del pueblo, cargando contra un enemigo demasiado confiado que no esperaba ningún tipo de resistencia armada. Las lanzas chocaban entre sí y ambos grupos se mezclaron convirtiéndose en una gran masa erizada que se exterminaba a sí misma. Los soldados eran atravesados por las lanzas pero nadie moría, las lanzas se perdían en un mundo indiferenciado de vacío y dolor. Todos regresaban una y otra vez a ese mar interminable de lanzas donde solamente el cielo conservaba su color. Todos los soldados se iban volviendo grises y sus rostros enmudecían hasta que se ensombrecían del todo. No había insignias ni estandartes. Todos querían matar y ser matados. Sus súplicas, sin embargo, no fueron atendidas.

Antes de que el sol renaciera los matacanes empezaron a arrojar piedras y aceite hirviendo. Los guardias habían dado la señal de alarma. Las torres de asedio y las escalas avanzaban hacia las murallas con una velocidad asombrosamente rápida. Los generales hacían estallar los látigos en suelo como señal de advertencia. Tras sus espaldas la artillería daba los primeros toques al enemigo. Algunas torres sufrieron grietas considerables y más de un arquero defensor perdió la vida alcanzado por la metralla, pero la visibilidad en aquel momento era casi nula y muchos de los cañones erraron, impactando en sus propias huestes. Después de la primera tanda de proyectiles, los tambores volvieron a sonar. Los enemigos se acercaron a la muralla y las escalas empezaron a ser levantadas. Las flechas iban y venían pero las ballestas de los soldados del rey atravesaban los escudos enemigos sin piedad, convirtiendo cualquier impacto en una muerte segura. Las maniobras fueron lentas en última instancia y las bajas considerables, pero antes de la media hora las tropas imperiales ya luchaban en las murallas. Sonaron pues los clarines de la guerra y acudieron los lansquenetes a las torres vigías, haciendo retroceder al invasor con sus grandes espadas y sus maniobras extremadamente temerarias. La batalla parecía inconclusa. Todos los paladines del rey blanco habían dejado su vida en los muros, así como la mitad de las tropas de a pie y gran parte de los alabarderos, pero también las bajas imperiales fueron cuantiosas y la dificultad de maniobrar en aquel terreno abrupto y bajo el amparo de la noche hizo que los refuerzos se demoraran demasiado. Muchos habían visto algún general imperial perecer alcanzado por una ballesta enemiga y se dice que incluso el arzobispo había muerto abrasado por el aceite hirviendo mientras dirigía el asalto armado con su gran maza. Muchas escalas fueron tumbadas por los alabarderos y una de las tres torres de asedio se había derrumbado vencida por la contundente acción de las cañones del rey blanco.

El pánico se hizo en las calles de la ciudad cuando la última puerta fue destruida. Los escombros no habían podido retener al ariete enemigo que se había abierto paso lentamente hasta provocar tal desgracia. La cabeza de macho cabrío fue la primera en deshacer la incógnita provocada por aquellos sonidos metálicos. Al poco rato entraron los perros de la guerra, mercenarios traídos de tierras lejanas que empezaron a perderse en sus calles quemando las casas y matando cualquier persona o animal viviente que se interpusiera en su camino. Portaban ropas andrajosas y sus marcas negras en la cara afianzaban su fealdad. No obstante, sus hachas a dos manos eran robustas y tenían un filo más que perfecto. La guardia urbana combatía en las calles intentando parar los pies a aquella muchedumbre armada. El miedo a perder a sus familias los mantenía unidos y aunque la indisciplina de aquellos bárbaros era un punto débil, eran incursores aguerridos que luchaban hasta la muerte, sin miedos ni deseos que cumplir.

Sobre los muros ya no quedaba ningún enemigo vivo y la mayor parte de las escalas sólo trasladaban futuros cadáveres que no llegaban ni a media altura. La bandera del rey blanco ondeaba triunfante, pero al poco rato la visión de los portones abiertos fue un mazazo inoportuno; muchos de los soldados huyeron hacia los muros interiores allí donde se erigía la torre del rey. Algunos incluso se defecaron al imaginarse aquella masa desalmada avanzar lentamente en mitad de la noche ante una ciudad sin barreras.

Continuará...

14 enero, 2012

La Ciudad de la Niebla (Acto II, I)

Acto II

Escena Primera: Caballos Blancos

Los tambores de la guerra vuelven a escucharse por última vez, los campos son invadidos por pies metálicos que marchan al unísono pisando cosechas que no llegarían a alimentar a nadie salvo a la propia tierra. El estallido de la pólvora vuelve a los oídos de los humildes que huyen despavoridos de una guerra que nos les concierne. Las picas son levantadas y marchan afiladas hacia el sur, señalando con desafío las murallas del castillo que pronto debe ser asediado. Los cañones lanzan metralla contra las casas y se producen fusilamientos; los monjes custodios queman los cuerpos con brea mientras se tapan la boca y la nariz intentando no contagiarse de la enfermedad que ha propagado el rey blanco. Pronto se producen los primeros estallidos, las mazas de las huestes de marfil golpean los escudos imperiales y los doblan como si fueran de hojalata, la caballería marcha y se estrella contra mares de lanzas afiladas que no perdonan ni a los jinetes ni a las monturas; se escuchan lamentos, huesos rotos, tosidos fríos que son sinónimo de sangre y hemorragia pulmonar e incluso algunos lloros y lamentos vacuos de los que cierran los ojos a la vida. Las refriegan vienen y van, las embestidas de la caballería del rey blanco se hacen interminables, los cuernos resuenan una y otra vez con cada nueva maniobra; de fondo el sonido aullante de las salvas y las flechas que cruzan el cielo adorna el panorama. Los pedernales están candentes y el acero al rojo vivo.

Las filas de soldados se doblan en algunos puntos, las cadáveres se acumulan e impiden a la caballería marchar con eficacia, muchos de los caballeros caen en una trampa mortal que los abraza desarmados desde sus monturas. Las tropas imperiales se mantienen firmen y aprovechan la superioridad numérica para contener las huestes del rey blanco. Finalmente la caballería es derrotada y el avance de los piqueros se hace imposible de detener; los maceros aguantan solitarios ante un mar de picas largas que los abruma y los hace retroceder involuntariamente. Las flechas caen sobre ellos y los ballesteros aliados apenas pueden contener la marea de metal deshumanizada que no sucumbe ante nada, ni siquiera ante el poderío de sus grandes armas a dos manos. Muchos generales han caído ya y sus cuerpos maltrechos son pisoteados a la vez que sus nombres son olvidados. Es una guerra sin héroes, todos los allí presentes, vivos y muertos, vencedores y vencidos son anónimos, pues la verdadera guerra no se está llevando a cabo en las puertas del castillo sino en otro lugar muy lejano que no puede ser descrito ni reducido a una mera abstracción o lugar espiritual. Se trata de una guerra que tiene una trascendencia infinita y de la cual, ésta es sólo una copia que resuena en la tierra, convertida metafóricamente en carne y acero.

Cuando el sol empieza a ponerse el avance de las tropas imperiales se hace evidente. Las huestes del rey blanco son derrotadas. Sobre la nueva necrópolis afloran los cadáveres insepultos de cientos de sementales blancos, corceles majestuosos que eran montados por los mejores caballeros de su ejército. Ahora todos yacen sin vida sobre la tierra, en un manto de sangre y acero que parece no tener fin. Aquella imagen se graba en sus ojos. Una lágrima de sal sella el pacto. Los maceros huyen y abandonan los pequeños poblados periféricos sobre los que se había establecido el campo de batalla. Las casas son derribadas por la artillería y sobre la muralla se empiezan a ver ya los primeros golpes de flechas que rebotan en su fina superficie. Los aldeanos son masacrados. Los soldados imperiales ajustician a los hombres y llenan las barrigas de las mujeres con retoños miserables que nunca verán la vida.

Las colosales puertas de plata se cierran; los soldados que no llegan a tiempo son abatidos por los arqueros enemigos o huyen en dirección contraria buscando el cobijo de los bosques cercanos. Desde las murallas los alabarderos refuerzan los pasillos y los sargentos empiezan a dar las primeras órdenes; se pueden ver chicos pequeños corriendo de un lugar a otro repartiendo carcajes de flechas y pequeños sacos de pólvora a los soldados que yacen sentados, enmascarados en un silencio cruel que delata el miedo a la muerte. Muchos puestos son asegurados y reforzados con hombres de armas, veteranos en el manejo de la espada y el escudo; detrás de las puertas se amontonan maderas y carros cargados de toneles e instrumentos agrícolas, pues cualquier cosa es válida para obstaculizar la entrada del enemigo. En un lugar de la torre, un soberano maldice el don que le ha sido otorgado. Mira el campo de batalla antes de que los últimos rayos de sol le arrebaten los recuerdos que surgen de sus entrañas.

Afuera, los soldados avanzan, las filas son reorganizadas y se adaptan al avance rápido. No perdonan la vida a nada ni a nadie, los prisioneros son ahorcados de los árboles e incluso los caballos ejecutados como traidores. Cuando ya no quedan ramas suficientemente robustas para ahorcar a los prisioneros, las ejecuciones las realizan los rudimentarios fusiles de las tropas. Cada ráfaga resuena demoledora en los oídos del rey blanco. Es como si cada una de las balas fuera directa a su corazón. Siente la agonía de los soldados que mueren por su causa y lamenta la culpa que se cierne sobre su alma. Todavía siente esa puerta en su interior que se abre cada vez más y deja salir toda aquella locura que ha invadido el mundo entero. Piensa por momentos en renunciar a su don, pero sabe que no puede, nunca tuvo la opción de dejarlo en manos ajenas.

La imagen de aquellos caballos blancos esparcidos por el campo de batalla como juguetes rotos le provoca náuseas. El rey se arrodilla y vomita. De su boca sale un pus negro que se esparce por el suelo corroyendo la piedra y el granito, es el veneno materializado que correo su alma por dentro. Antes de retirarse mira por la ventana. La noche ha llegado.

Continuará...

05 enero, 2012

La Ciudad de la Niebla (Acto I, V)

Escena Quinta: Ojos Blancos

En el gran salón hay un baile lleno de máscaras y papeles de colores que ascienden y descienden en el aire como si ráfagas de vientos desconocidos los indujeran a imitar el movimiento de los astros. No hay música ni voces, todos bailan en silencio vestidos de monstruos, de vivos y muertos, de ángeles y demonios; sus piernas bailan nerviosas, con miedo, todos temen la voluntad de un rey enloquecido que los observa desde la oscuridad de su trono ocre, esperando en silencio y moviendo los dedos al compás de una música que sólo existe en sus oídos. Las máscaras, sonrientes e histriónicas diluyen la escena de tensión, pero nada puede evitar que aquel ambiente enrarecido se torne violento con la presencia de un mensajero temerario del destino que se ha atrevido a cometer la mayor de las atrocidades en una noche tan especial, ha tenido la osadía de presentarse ante el rey sin una máscara.

Guardia de la corte deforme: ¡Deteneos inmediatamente!, ¿Cómo osáis presentaros ante vuestra majestad sin ir disfrazado?
Mensajero misterioso: Traigo un mensaje urgente, ¡tomadlo o dejadlo pero dejadme hacer el trabajo que Dios me ha encomendado!
Rey Blanco: Como osáis hablar de Dios en vano, extraño mensajero. Acaso vuestra vida ha sido bendecida
Mensajero misterioso: Así es y estoy tan seguro como que la vuestra ha sido maldecida - y dice dirigiéndose a la corte - todos vosotros servís a un rey enloquecido y os postráis ante él con miedo. Su locura os traerá la muerte
Corte: (Silencio incómodo)
Rey Blanco: Así es, yo más que nadie se lo que es la locura, mi alma se ha perdido en las sombras de un Dios atormentado... (respira y prosigue)... pero así como he ido, he vuelto a vosotros y he traído un don para los hombres
Mensajero misterioso: ¿Y que don puede ofrecer una mente demente a la humanidad?
Rey Blanco: Os he traído la vida
Mensajero misterioso: ¡Blasfemia! Sólo traéis muerte y destrucción. No podéis dar algo que no os pertenece

En ese momento el mensajero se descubre, porta una larga daga escondida en la manga y se abalanza sobre el rey emitiendo un grito desgarrador. Antes de llegar a su altura uno de los guardas deformes se interpone en su camino y logra apartarle con un golpe de alabarda que milagrosamente sólo roza una de sus piernas. El asesino se echa atrás y haciendo equilibrio da un salto a su lado clavándole la daga en un costado. El filo se hunde entre sus costillas con una facilidad asombrosa. El guardia deja caer el arma y se tumba en el suelo maldiciendo mientras con las manos intenta frenar la sangre de la herida.

El rey blanco aprovecha el movimiento brusco del asesino para agarrar su mano e intentar quitarle el arma. Ambos juntan sus cuerpos y la refriega dura unos segundos que se vuelven interminables. La gente se queda de pie, inmóvil mientras el filo agudo de la daga gira de un lado a otro como si pensara qué dirección debería tomar. Todos rezan en silencio para que se hunda en las carnes del rey blanco pero la voluntad de alguien entre el público enmascarado es suficiente para que de los brazos del rey surja una fuerza avasalladora que inclina la balanza a su favor. La hoja rasga ligeramente la cara del asesino a la altura de la frente. El sudor se mezcla con la sangre y forman una pequeña herida que cicatriza al instante. El asesino cae vencido hacia atrás.

Rey Blanco: ¿Qué clase de brujería es ésta?
Asesino: La hoja estaba hechizada. Moriré en un minuto
Rey Blanco: ¿Quién os envía?
Asesino: Dios. Os lo dije. Mi misión es sagrada
Rey Blanco: Dios está muerto, al igual que todos nosotros
Asesino: No os creo. Las voces no mentían
Rey Blanco: ¿Acaso os decían esas voces que yo estaba loco?
Asesino: Si... y que vuestro destino era morir
Rey Blanco: Entonces no debiste creerlas nunca. Esas voces mienten
Asesino: ¿Cómo estáis tan seguro de lo que decís?
Rey Blanco: Porque yo también oigo esas voces

Ambos ríen durante unos segundos. Se trata de una risa forzada y breve que termina en una seriedad absoluta. El asesino se encoje como si un demonio de bilis negra estuviera mordiendo sus entrañas.

Asesino: Siento la ponzoña. Mi fin está cerca
Rey Blanco: No es el fin sino el principio de todo
Asesino: En el fondo siempre estuve muerto. Fueron las voces las que me crearon... (aullido de dolor). Ellas me sacaron de la tumba para mataros... (gruñido de dolor)
Rey Blanco: No hables más. Mira mis ojos. Tú serás el primero en recibir el don.

El asesino mira sus ojos blancos y se pierda en su mirada. Ve pequeños capilares rojos que fluyen a través de ese mar de sal que ahora parecen inmensos y que le engullen por momentos revelándole verdades incomprensibles a las mentes cuerdas. Su mirada se vuelve opaca y poco a poco va perdiendo la poca vitalidad que le quedaba. En el último momento antes de desfallecer deja escapar una pequeña sonrisa de satisfacción y esperanza.

Asesino: Mi rey...
Rey Blanco: Ahora duerme (lo abraza y lentamente lo deposita en el suelo)

El rey lo abraza y lo deposita lentamente en el suelo junto al cuerpo sin vida del guardia. La corte entera permanece de pie impasible detrás de sus máscaras como si todas sus esperanzas hubiesen quedado marchitas. Los guardias acuden en tropel y rodean la escena como si acabasen de llegar y no hubieran visto nada. El rey mira al público. La oscuridad crece en la habitación como el mismísimo sol hubiera enmudecido.

El Rey Blanco: ¿Por qué no habéis defendido a vuestro rey?
Corte: (Silencio incómodo)
Rey Blanco: A veces olvido que todavía no existís

Fin del Primer Acto

Continuará...

31 diciembre, 2011

Fin de Año

Esta noche, dentro de unas horas termina el 2011 y empieza un nuevo año. Me doy cuenta que el tiempo pasa muy deprisa, demasiado para mi gusto y seguramente para muchos de ustedes, son muchas horas invertidas en este blog que en unas horas verá su tercer año de vida, pero echando la vista atrás estoy orgulloso de ello. Ha sido una experiencia maravillosa, he ido perfeccionando mi manera de escribir, me he dado cuenta de cosas de mi mismo que no me atrevía a ver y lo más importante de todo, he descubierto una bonita manera de conocer blogs ajenos que si no fuera por las redes de seguidores y demás no habría descubierto jamás. Recapitulando temas pasados, he de mencionar que mi deseo de escribir algo más extenso sigue todavía en pie y que cada día le voy dando forma y contenido; por ahora, tome la decisión que tome, seguiré llenando el blog de pequeños relatos, ensoñaciones oníricas y a veces de algún relato experimental que se me venga en mente. Espero, a los que me han ido leyendo durante estos años que le sigan gustando mis relatos tanto o más que cuando empecé el proyecto.

Una de las cosas que he de destacar ha sido la creación de El Ojo de Stendhal, un blog exclusivo para el arte pictórico. Las razones por las que dividí el blog ya fueron comentadas, pero he de decir que esta decisión ha sido acertada, ya que aunque es una labor bastante costosa, merece la pena ir viendo como el blog se va llenando con el tiempo de cuadros variados, llenos de colorido y formas sugerentes. El arte está para compartirlo y por eso decidí crear el blog.

Y bueno, volveréis a tener noticias mías. Pronto seguiré con el relato que estoy haciendo, "La Ciudad de la Niebla", una especie de relato largo inspirado en varios simbolismos literarios y en algunas obras de teatro en cuanto a forma. Espero que os guste. Me despido de vosotr@s, yo seguiré entre las sombras escribiendo y maravillándome de las extrañezas del mundo.

Feliz 2012

Waiting The Dream

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