15 septiembre, 2011

El Loco Volador

I

La manzana entera se había llenado de miradas curiosas, un coche patrulla permanecía aparcado en mitad de la calle parando el tráfico en ambos sentidos. Parte de la calle estaba acordonada y debajo un pequeño grupo de bomberos discutía la idea de dónde colocar la gran estructura inflable que permanecía esparcida en medio de la acera como si fuera una gran masa de plástico amarillo fundido con calor y fuego. Desde arriba parecían hormigas, era un gran hospital de diecisiete plantas todas ellas adornadas con ventanas enclaustradas en la fachada a modo de pequeños miradores indiscretos. Muchos de ellos o mejor dicho, la gran mayoría, estaban atenazados con duros barrotes que conferían al edificio el aspecto de prisión. Aquel edificio tenía el derecho de vigilar y castigar, pero no era desde luego una prisión, sino un hospital psiquiátrico.

Un hombre permanecía de pie ante el vacío. Aquella distancia entre él y la acera representaba lo lejano que había estado todo ese tiempo de la realidad; desde su celda de libertad contemplaba la desdichada sociedad, él parecía feliz con sus dosis de barbitúricos y antipsicóticos. Pero un día los barrotes no pudieron impedir que la tristeza del mundo entrada de nuevo en su habitación; los médicos ya estaban al tanto de las cosas que solía comentar las últimas semanas, parecía obsesionado otra vez con que una idea había cobrado forma y se le había metido en la habitación. Sin embargo nadie hizo nada. Eran muchos los pacientes que necesitaban atenciones y los encargados del seguimiento ignoraban un suceso que tenía mucha relación con lo que ahora estaba sucediendo, una de las llaves de la terraza había desaparecido y ahora aquel individuo se paseaba al borde del precipicio, amenazando a cada uno de los presentes con echarse si se acercaban lo más mínimo.

II

Los médicos dieron la orden de no acercarse, pues conocían al paciente de sobra y sabían que siempre cumplía sus amenazas; tenía una verdadera obsesión con la verdad y con las palabras. Muchas de las enfermeras ni siquiera comprobaban que se hubiera tomado la medicación pues era un hombre de palabra. Pero esta vez el brote era acusado, la palma de las manos le temblaba señal de que algo había fallado, no se había estado tomando las pastillas. Eso no se lo esperaban. Los médicos no se preocuparon en averiguar qué nuevas palabras le habían visitado últimamente. La primera fue la tristeza, la segunda fue la mentira. Y la tercera, la libertad.
Así pues, aparentando calma se giró hacia sus observadores y los contempló a ellos. Todos tenían un semblante serio y preocupado. La enfermera que normalmente le trataba estaba histérica, no paraba de decir a uno y a otro que le detuvieran. El hombre los miró con determinación, todos eran hombres y mujeres de mente elevada que le habían intentado ayudar durante años. No se merecían esa derrota, pero no podía seguir fingiendo que mejoraba con los años. Había llegado la hora de enseñarles lo que había aprendido.

Entonces, se dirigió a sus discípulos y les dijo:

- Puedo volar

III

Y entonces saltó. Hubo un grito de sobresalto en aquella azotea. En la calle la gente miraba expectante de un lado a otro. Algunos preparaban sus móviles para inmortalizar aquel momento que tan divertido les parecía desde su pobres perspectivas. Aquel hombre dejó allí su vida. Los policías subieron a la azotea donde estaban el personal del hospital. Cuando llegaron allí todos los médicos lloraban y presentaban síntomas de ansiedad. La enfermera del paciente estaba en el suelo, se había desmayado. Sólo ellos le habían visto volar de verdad antes de caer al suelo.

Waiting The Dream

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