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Entre brumas resuenan los cánticos de aquellos que se arrodillan ante el miedo de la inmensidad. Un sacerdote ataviado de rojo implora al cielo invisible la casualidad que alimente las mentiras de lo que es y de lo que representa. Todos adoran el símbolo mágico sin saber qué simboliza. Todos se arrodillan ante la intensa ignorancia que emana de aquel sectario, le respetan como si fuera la sabiduría encarnada, pero a la vez le temen como se tratara del eterno carcelero que guía sus miserables vidas. Todos ellos rezan en silencio, escuchan aquellas voces y se alimentan del aliento desolador de los perdidos. Aquellas voces provenientes de las cañerías que destacan por su naturaleza desesperante son consideradas para ellos mensajes divinos llenos de gracia.
En el centro de aquella sala hay un altar de piedra negra que bien podría ser carbón. Nada más mirarla el joven comprende cómo ha llegado aquel símbolo allí, el cuerpo del falso mago yace muerto sobre su superficie. Todas sus ropas están cubiertas de suciedad fecal. Sus ojos están cerrados y sus brazos reposan cruzados sobre su pecho, es como estuvieran dándole una ceremonia de entierro. Joyce emite una sonora carcajada delatando su posición, no ha podido frenar su imaginación al recordar cómo ha llegado el mago hasta allí; su viaje ha terminado en los retretes del mundo, el suyo continuará hasta las más altas esferas. Los acólitos se levantan y dejan de mirar el cadáver de su profeta para lanzar gestos hostiles al intruso. El ambiente se caldea por momentos, la lucha parece estar próxima pero no llega. Los acólitos le rodean y el sacerdote ordena su muerte con una voz potente, reforzada en parte por la resonancia de aquel lugar cerrado. Los acólitos lanzan conjuros, evocan antiguos sortilegios y pronuncian extrañas palabras en idiomas que ni siquiera hablan. El ambiente se torna extraño y durante unos instantes Joyce no sabe cómo reaccionar al ver a todos aquellos sectarios intentando hacer magia y lanzar maleficios sin obtener ningún resultado. Durante ese escaso periodo de gestos exagerados, pantomimas y estereotipas varias, la escena hubiera podido encajar en un cuadro surrealista. No obstante, al cabo de un minuto la atmósfera se torna demasiado extraña hasta que todos aquellos personajes recuerdan que no saben hacer magia. Entonces la histeria colectiva hace su aparición. El pánico se eleva en sus mentes, crece el caos y la sala se llena de demonios histéricos y enfurecidos que vagan de un lugar a otro, unos tratando de huir, otros arañándose entre ellos y algunos incluso ocultándose en las brumas del suelo para huir de la vergüenza que acaban de experimentar.
Entonces entre la confusión de aquel momento el sectario maestro huye de su propio templo. Sus ojos están desorbitados, el terror hace que sus potentes palabras se transformen en chillidos agudos y palabras balbuceantes que por un momento parecen provenir de su mente verdadera. Joyce contempla aquel sectario huir por alguno de los túneles de las cloacas y antes de verlo desaparecer descubre cómo parte de su túnica ha pasado del rojo al marrón oscuro. El pánico lo ha devorado. Ningún sectario piensa en la venganza del espíritu hasta que lo tiene encima. Ahora vaga por algún rincón, cubierto con sus miserias pensando otro plan, otra religión, otros dioses a los que reinventar. El odio crece en Joyce cuando se imagina aquel personaje saliendo victorioso de aquel enfrentamiento, pero no puede hacer nada ahora, tiene una gran misión que cumplir.
Las brumas terminan por descubrirse. Las mentiras salen a la luz y en la sala sólo quedan cuerpos magullados arrepentidos por la vida que han llevado y por el mal que han causado a los de su alrededor. Todos entrecierran los ojos como si durante años sus frentes hubieran estado cubiertas con un velo de oscuridad impenetrable. Se arrodillan ante él como su nuevo mesías, esperando ser los nuevos acólitos de una religión que no comprenden ni comprenderán nunca.
Joyce abre la boca para hablar pero una risa malévola le frena. De uno de los túneles proviene aquella risa cargada de maldad que se acerca lentamente hacia ellos. Los acólitos estallan en nervios al reconocer la voz del diablo. Los sectarios se arremolinan alrededor de Joyce y gritan al unísono:
- Sálvanos del diablo, oh señor. Te lo suplicamos.
- No puedo. El diablo es espíritu y al igual que yo permanecerá hasta el fin de los tiempos. Así fue escrito.
- Ayúdanos por favor, no queremos morir.
- Aunque el diablo me ha seguido, no soy yo quien le ha traído a este lugar, sino vosotros.
- No señor, se lo juramos, nosotros no adorábamos al diablo. Sólo a nuestro Dios verdadero.
- Aún así os digo que sois vosotros los que, de manera indirecta, habéis estado esperando su llegada. No lo deseabais de la manera que pensáis ahora, en eso os creo, pero vuestras mentiras eran sangre en un mar repleto de tiburones.
- Perdóname señor -dice una voz exaltada - al menos a mí. Fui engañado por mis hermanos los cuales envenenaron mis oídos y me hicieron creer sus mentiras.
- Y al igual que ellos a ti, tú también engañaste a otros y hundiste su alma en el abismo para poder salvar la tuya. Tus manos están manchadas. Lo noto en tu mirada.
Entonces esa voz se apaga dolida la verdad pero surgen otras voces que a modo de vocerío imploran a su dios.
- Si así lo deseáis, pues lo noto en vuestros corazones, traeré a vuestro Dios. Es lo único que puedo ofreceros.
Todos asienten entre gritos de júbilo. Los sectarios se levantan y sus ojos se vuelven a iluminar con la luz de la mentira aunque está vez lo van a ver de verdad. Entonces Joyce pronuncia las palabras y como él es espíritu el dios de los acólitos aparece.
Continuará...
Continuará...
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