30 septiembre, 2011

El Viaje de Joyce (Parte XI)

XI

Su dios llovió del cielo y todo se lleno de carne putrefacta y gusanos. De la bóveda terrestre caían trozos de lo que parecía haber sido una gran ballena ancestral, un leviatán putrefacto que permanecía suspendido en el tálamo de la desesperación, en el vacío oclusivo donde muere la fe y la esperanza. Los gritos acompañaron la lluvia, chillidos agudos caracterizados por el pánico y el pavor de encontrar la respuesta a las malas preguntas. Todos los acólitos quedaron suspendidos en aquel mar de pútrida carne divina, rogando al dios muerto, el mismo cuyo cuerpo los arrastraba al infierno, que les perdonaba la vida. Ahora todas aquellas almas pertenecían al hombre de los gatos.

Joyce arqueó las cejas al contemplar dos sucesos que escapaban a su comprensión. El cuerpo del mesías había desaparecido y no parecía haber sido engullido por los gusanos cuya longitud superaba los tres metros, simplemente se había esfumado. No podía haber sido resucitado y menos aún resuscitado, pero aquel momento fue mágico porque ocurrió otro suceso que tuvo mucho que ver con la desaparición del cuerpo. Sobre el altar de carbón impío había quedado depositado el amuleto de la secta, aquel cuyo significado se le había acabado de revelar. La intuición despertó en su interior el conocimiento profundo de la misma manera que el alba matutina revela los colores que cada elemento material guarda recelosamente durante la noche. La noche del joven había llegado a su fin, fuera del edificio era de día, había un sol impoluto que quemaba el aire como mil demonios enfurecidos y había llegado la hora de desterrar las tinieblas del mundo que era su hogar.

El hombre de los gatos llegó allí, pero cuando contempló la escena no pudo maravillarse de la perdición de aquellas almas desdichadas. Su objetivo había desaparecido, había resucitado de las alcantarillas del ser y había despertado de nuevo en aquel sótano hediondo lleno de vapores tóxicos y susurros demenciales. Justo cuando se disponía a huir de aquel malsano lugar, sus manos temblaron como uno de aquellos acólitos y por un momento aquella figura diabólica mostró un miedo tan real que pareció humano de verdad. Su careta había sido desvelada, él era el espíritu del pueblo y parte de su poder había muerto aquel mismo instante pues el destino decía que al llegar el día sus secuaces morirían. Efectivamente así había sido, tan empeñado estaba en la destrucción del joven que había olvidado vigilar a sus gatos, los cuales empezaron a comer la carne del dios muerto. Ya no escuchaba sus pisadas ni sentía sus respiraciones, todos habían muerto en el acto. Su espalda le dolía, la fuerza del sol caía sobre él y los arcontes le vigilaban decepcionados. Lo notaba en el mundo.

En otra parte Joyce habla con el conserje. Éste, de aspecto violento y testarudo le dice a gritos:

- ¿De dónde vienes? ¿No habrás sido tu quien ha entrado en el sótano sin mi permiso, no?
- Si. Verá señor conserje... los magos... la secta... todo se me ha ido de las manos

El conserje se queda perplejo. Se le escapa una mueca de compasión mal disimulada.

- Lo sé. Los magos son peligrosos, hijo; pero más peligrosos son los magos que no saben hacer magia. Por eso puse el cártel. ¿Es que no lo viste? Has tenido mucha suerte, habrías podido no despertar jamás.
- Es decir, morir.
- No, muchacho. Hay pesadillas que duran eternidades y que exceden el tiempo de la vida. Pero dime, ¿qué has sacado de todo eso?
- Este amuleto o talismán, como quieras llamarlo - Joyce le enseña el objeto -
- ¡Válgame Dios! ¿De dónde has sacado eso? Lleva mucho tiempo perdido. Venga, lo devolveremos a su dueño.
- ¿Sabes quién es el dueño?
- Un viejo del tercer piso. Apenas sale de casa, se pasa el día leyendo y mirando por la ventana con sus ojos vidriosos y su cara de amargado.
¿Pero cómo sabe que es suyo?
- Un día salió a comprar y lo perdió. Desde entonces no se le ha visto pero me llama once meses y veintiún días al año desde hace siete años. Tantas veces me ha descrito el dichoso colgante que hasta llegué a soñar con él.
- ¿Y qué soñó?
- Ahora mismo sólo recuerdo algunas cosas. Estaba en mi habitación durmiendo, me despertaba y allí estaba el objeto, flotando en el aire e iluminado por una luz extraña que me dejaba embobado. Cuando quería levantarme me caía en la nada. Otras veces se me aparecía en un páramo desolador, cuando extendía las manos para recogerlo se hundía en la tierra como ésta fuera arena fina.
- Vaya... entonces devolvámoslo a su dueño.

El conserje se aleja unos metros y pone el objeto en uno de los buzones. Entonces entra en su pequeña conserjería, pero no sin antes despedirse y proferir unas palabras.

- Adiós muchacho. Lo primero que voy a hacer es llamar al dueño. ¿Sabes que anoche no me llamó? ¿Qué casualidad, no?... y después bajaré al sótano a limpiar. Desde aquí sube un olor a humanidad que me dan arcadas.

Continuará...

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