12 octubre, 2011

El Viaje de Joyce (Parte XIV)

XIV

Llegó a un lugar alejado del griterío, a un lugar oscuro donde las sombras se movían inquietas intentando no rendirse ante la homogénea oscuridad del lugar. Continuó dejando atrás un cuerpo de corazón silencioso; aquel cuerpo falto de vida ya no era el suyo, ahora Joyce era un contenido sin recipiente que se mecía en la compleja urdimbre de ese lugar llamado cosmos a merced de los vientos huracanados que subían y bajaban transportando voces malditas de nuevo a la vida. Se sentía flotar en aquel nexo donde se reúnen los ecos de ambos mundos y entonces se dejó guiar por su verdadero instinto para perderse en la oscuridad tentadora de lo desconocido que es a la vez el origen de todo conocimiento.

Las escaleras habían dejado de ser escaleras y el mundo había dejado de ser mundo. Ahora sólo había vacio y oscuridad, indeterminación absoluta. Todo parecía realmente irreal y cruel. Perturbadora era la atmósfera que envolvía frágilmente los sentimientos que luchaban forzosamente por escapar de su control. El edificio estaba en ruinas y sobre él pendía la bandera de lo absurdo. La secta celebraba la victoria contra el mundo espiritual. Reinaba la ignorancia y la contradicción. Su némesis vivía mientras él había muerto. Joyce no entendía cómo un reflejo podía sobrevivir al objeto del que es origen. Quizá aquel cuerpo también se había convertido en una cáscara vacía. Nunca llegó a saberlo ya que jamás volvió a vivir.

Cuando los vientos cesaron el espíritu se elevó y cruzó las vías celestes que separan el cielo y la aurora. El cosmos reinaba enaltecido por su vacío siniestro y por la oscuridad impenetrable que lo hacía único. El espíritu sentía en su esencia que entre aquella oscuridad infinita había una luz tan potente que su sola imaginación provocaba la mayor de las cegueras. Estaba muy lejos, pero existía en algún lugar que pronto visitaría. Mientras tanto aparecieron astros y espectros a lo largo del camino, algunos le indicaban el buen camino mientras que otros le indicaban, a modo de engaños, el camino de vuelta. El espíritu no tardó a distinguir sus naturalezas y solamente se dejó guiar por aquellos que vibraban de manera armoniosa con el cosmos. Los malos guías, al verse incapaces de guiar por el mal camino al espíritu, caían de sus planetas y se alejaban del cosmos, revelando sus condiciones de ilusiones divinas.

Al llegar a un punto geométricamente perfecto, una sombra se deslizó bajo sus pies y la marcha empezó a acelerarse hasta alcanzar las barreras del tiempo. Antes de eso el espíritu contempló como la sombra lo abandonaba y sintió pena por ella. Había dejado el cuerpo atrás para seguir al espíritu, como todo fiel amigo, pero al lugar donde iba Joyce no podía ésta seguirle. Entonces la comprensión le llegó y miró al espíritu con otros ojos, parecía un viejo Joyce fundido en tonalidades grises que lo miraba con orgullo y agradecimiento por todo lo que le había enseñado. Aquella imagen se fue empequeñeciendo hasta hacerse inobservable y entonces desapareció como si nunca le hubiera seguido, allí, en la lejanía, volvió a ser aquel humo negro que vaga por el mundo con semblante de preocupación y curiosidad. Nunca supo dónde iban las sombras de los muertos, pues los dioses que las crearon perecieron hace eones.

Entonces una brisa cálida hizo su aparición y todo el vacío empezó a adquirir un aspecto familiar. Era como si estuviera entrando en otro mundo, sólo que no tan nítido como el anterior y mucho más complejo a la hora de describir. Su cuerpo se deslizó a través de los ciclos para terminan en aquel lugar que le llamaba con todas sus fuerzas. Ahora escuchaba otro tipo de voces inconexas entre sí que parecían provenir de realidades muy lejanas. Una voz se posó sobre su hombro pero las voces continuaron como si nada les impidiera propagarse.

- Se acerca, lo noto en el viento.
- Escúchame... no temas.
- Yo muero.
- .... en el cuatro.
- Soy la música en ti.
- El uno.
- Mírame a los ojos...
- Los árboles se mueren.
- Joyce, bienvenido.

El viento se agitó ante la última frase y aunque otras voces continuaron dialogando a través de tiempos imperecederos, el espíritu ya sólo escuchaba ese hilo que le llamaba con dulzura. Era la voz del inmortal. Intentó dialogar aunque algunas frases se perdían en el vacío.

- Joyce. Volvemos a estar juntos.
- ¿Inmortal?
- Si Joyce, soy el inmortal. Ahora lo soy de verdad.
- ¿Qué quieres decir?
- Dejé de reencarnarme, ya nada tenía sentido sin ti. Me enteré de que te habías hecho viejo. Entonces decidí volver.
- ¿Dónde estás? ¡No te veo!
- Estamos juntos Joyce! Ya nada ni nadie volverá a separarnos.

En ese punto deja de responder de manera coherente. Entonces se escucha una música extraña, unos sonidos celestiales que estremecen cada uno de los poros de su espíritu y lo hacen vibrar con una fuerza magna. No puede describir lo que le está sucediendo, aquellos sonidos fantasmagóricos pero sacros lo sumergen en un éxtasis profundo como si la propia luz del mundo naciera de aquellos cánticos. Aquella música le resulta muy familiar, es como si hubiera estado detrás de su vida todo aquel tiempo, detrás de las más bellas orquestras y de las canciones más conmovedoras. Los grandes compositores de todos los siglos dedicaron su vida para intentar reconstruir aquella melodía que alguna vez oyeron y él era el primer hombre que la volvía a escuchar entera; era un privilegio que algunos ansían en sueños y olvidan nada más despertar. A duras penas logra mantener los ojos abiertos, su conciencia queda catapultada hacia todos los lugares celestes y empieza a escuchar más voces que se dirigen hacia su persona.

- Ven, Joyce. Estoy aquí. Es él - dice a un segundo anfitrión - ha vuelto.

Entonces Joyce es espíritu y la luz renace. Lo ve todo y escucha algo en su interior. Una voz extrañamente familiar resuena en todo su ser y dice:

- Hola. Me han hablado mucho de ti. Por fin te conozco. Ven, acércate...

Y todo cobra sentido.

FIN

Waiting The Dream

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