En un año bisiesto y lúgubre, azotado por setecientas calamidades, un gran noble marchó hacia una guerra lejana, movido por la avaricia de un soberano ávido en conquistas y riquezas. El emperador Vroiblannher, que por aquellos tiempos era joven y enérgico movilizó ejércitos enteros y libró decenas de batallas hasta que no quedó ningún pedazo de tierra enemiga limpia de la sangre que poco a poco se derramaba sobre todas las cosas. Detrás de sus orejas había dos bocas enfermas que hablaban sin cesar de logros que no se podían medir ni pesar, le hablaban de una enfermedad que debía ser erradicada y de la recompensa ultraterrena que le esperaba. Le hablaban de guerra y redención y los ojos del rey se llenaban de esplendor al imaginarse el poder y la gloria que le prometían.
En aquella época un poeta dejó escrito en testamento, antes de suicidarse, que la guerra que vieron sus ojos no era una guerra real, sino un espejismo infernal que había logrado escapar de los sueños del hombre, en cuyo corazón dormita una bestia que bebe y se alimenta del miedo y del pecado. Durante las últimas batallas que libró en vida, vio a los hombres matarse entre sí y devorarse como lobos famélicos que nunca han comido; la sangre resbalaba por los escudos y sus ojos se volvían opacos por el humo de la pólvora que en aquella época se respiraba con mucha frecuencia. Durante algunos instantes sus ojos vieron cosas de las que nadie era consciente, los estandartes se habían convertido en fetiches del pasado, el águila imperial había sido sustituida por dos serpientes y sobre la cruz que las sostenía pendían cabezas cortadas cuyas lenguas negras sobresalían de sus bocas llenas de pus y gusanos. Cuando las campañas terminaron los hombres volvieron a sus casas y sembraron las cosechas como si nada hubiese pasado. Las tierras fueron saqueadas y la peste espiritual se disipó de aquella zona como si nunca hubiese existido. Poco a poco los territorios fueron anexionados y la paz volvió a reinar. No era sin embargo una paz real, simplemente ya no había nadie más a quien matar.
Algunos hombres volvieron a la guerra en sueños. De los que lograron despertar, enfermaron y quedaron débiles para trabajar. Se aferraron a las camas que se negaban a abandonar; vociferantes, prometían venganza y blandían sus antiguas armas en busca de un enemigo que nunca llegaba. En sus cabezas todavía escuchaban los instrumentos de metal endiablado y la insistencia de los tambores de la guerra. Escuchaban los gritos de la pólvora al incendiarse y los estallidos de las corazas al romperse; las voces de los muertos se volvían susurros, eran sus amigos y compañeros los que caían sin piedad. La muerte, insatisfecha con su supervivencia, les había atrapado con la locura para que recordasen el horror que les había unido de por vida.
Las mujeres envenenaron a sus maridos enfermos o los castraron para poder casarse de nuevo y sacar adelante a su familia. Allí quedaron cientos de tumbas llenas de soldados que murieron en sus camas, envenenados y traicionados habiéndolo dado todo por su patria, incluyendo la cordura. Con el tiempo, las mujeres volvieron a casarse y trajeron nuevos vástagos al mundo. Todos ignoraban que en alguna parte de aquella tierra la guerra seguía. Se podía escuchar en el bosque y en los arroyos, en el viento y en el comportamiento efusivo de algunos animales. Pasados los años el emperador murió y dejó a su hijo en el trono, un joven al que sólo interesaban los impuestos, la comida y las fiestas lujosas. Sus ojos muertos expresaban indiferencia ante la vida y lo último que vieron fue la losa de piedra cerrar la oquedad en la que su cuerpo había sido depositado. Todavía respiraba pero no dijo nada, dejó que la oscuridad lo engullera. Pasaron los años y sólo quedaron varios de aquellos testigos inmortales. A la mayoría de ellos les llegó una muerte silenciosa. Uno de ellos logró sobrevivir y mantener el secreto a salvo. Era el rey blanco y la muerte había reclamado sus recuerdos.
En su trono seguía sentado, sus ojos eran blancos e ilustres, pues expresaban sabiduría. Su barba canosa le llegaba a la cintura y sobre el pecho todavía llevaba una coraza oxidada que no se quitaba ni para dormir. Su mirada estaba triste y su mano temblaba como si la sangre ya no le circulara bien por el cuerpo. Muy frecuentemente cogía papel y pluma y escribía con celeridad creando un laberinto de palabras sacras que articuladas formaban un extraño sortilegio, inentendible a mentes profanas, que le protegían de la locura. Sus súbditos no leían nunca sus escritos pues todos o casi todos pensaban que se trataban de oscuros hechizos capaces de hacer enloquecer al que los leyese por curiosidad. Aquella actividad rutinaria le mantenía alejado de la guerra y de la muerte a la que tanto miedo tenía. Todos se habituaron a sus rareza y a su particular locura. Pero los rumores se extendían y la leyenda del rey blanco empezó a tomar una dirección peligrosa y a mezclarse con elementos supersticiosos que para bien o para mal, sí tenían una base real.
Continuará...
2 comentarios:
Muy bueno, realmente muy buen texto.
Gracias por comentar, en unos días podré escribir otra parte.
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