Mientras el cuerpo de Michel permanecía cubierto de sábanas amarillentas y monjes silenciosos, su alma vagaba por algún lugar de la villa, paseando entre las tinieblas de un mundo ignoto que se niega a devolver a sus huéspedes. En él había hombres sin rostro que permanecían anclados a una tierra que los devoraba lentamente hasta hacerlos desaparecer por completo. También había animales salvajes que corrían de un lugar a otro buscando algo que devorar; en el fondo sabía que lo buscaban a él, lo olían y movían la cola nerviosos por la cercanía de su presa, pero algo les impedía verle como si una magia invisible le protegiera de aquellas maldades que lo acechaban. Invisible, vagaba por aquellas calles castigadas por el destino y su pesar crecía cuando veía aquellas casas desechas o inhabitables que se habían convertido en morada de alimañas. Todo se había vuelto oscuro a su alrededor, escuchaba unos cánticos a través del aire seco del norte, pero no podía adivinar de dónde procedían, era como si surgieran de su propio interior, de una voz interna que le protegía con fuerza. Intuía que si aquellos cantos dejaban de sonar moriría perdido para siempre en aquella pesadilla. Tenía un miedo imposible de describir, su vida corría peligro y no sabía cómo regresar.
En otro lugar, los monjes habían empezado a trabajar sobre los planos de una nueva construcción. El santo dibujó en el suelo húmedo unas inscripciones. Mientras aquella rama convertida en bastón cicatrizaba la tierra lodosa, los monjes observaban con atención intentando descifrar qué era aquello que se extendía por el suelo bajo formas indescifrables. Aunque al principio parecía imposible advertir algo de sentido, pronto comprendieron todos y cada uno de ellos que lo que ahí había dibujado era un laberinto. Entonces los dibujos de aquellas plantas empezaron a tener coherencia y todo se cubrió del maravilloso aroma que se desprende de toda buena empresa. Los monjes empezaron a construir paredes, a derribar algunas casas y a plantar todo tipo de plantas, desde flores que no germinarían hasta la primavera hasta zarzas y arbustos que habían sido trasplantados con sumo cuidado desde los montes cercanos. La construcción empezó aquella misma mañana pero no terminó hasta varias semanas después, cuando el santo volvió a aparecer y dibujar de nuevo en el suelo nevado de aquella gran plaza.
Esta vez se trataba de una torre de piedra de forma circular que parecía ser el centro de la villa; la torre sería la obra magna de nuevo mundo. Los detalles eran muy minuciosos, había gran cantidad de inscripciones y los lugares exactos en los que debía haber espejos de varias formas, algunos incluso cóncavos y convexos. La construcción debía reemplazar a la fuente seca que había delante del pequeño palacio del marqués y en ella debían excavarse unos cimientos muy profundos, como si la torre tuviera unas dimensiones colosales. Nadie salvo aquel misterioso ser comprendía el significado de aquella construcción, pero todos presentían en su interior la naturaleza sacra de la obra que tenían entre manos, aquella era la gran misión de sus vidas y el motivo por el que habían renunciado a todos los placeres de la vida y del tiempo. No tardaron pues a comenzar la construcción de la torre. Las piedras eran talladas primero en la cantera de la zona y trasladadas con viejas carretas al pueblo; más tarde eran colocadas siguiendo los patrones que había dejado el santo, pero sólo podían ser colocadas de noche, así que la mitad de los monjes trabajaba de día tallando las piedras y la otra mitad de noche colocándolas en el lugar preciso, al amparo de las velas y las lámparas de brea.
Cuando la primera piedra fue colocada el mundo entero se volvió extraño. Los lobos empezaron a cobrar protagonismo y muchos de ellos se atrevieron incluso a adentrarse en el poblado acompañados de un viento gélido que delataba su naturaleza paranormal. Los monjes cantaban y seguían trabajando, encogidos por el miedo pero protegidos por la fe en que ninguno de aquellos lobos podía hacerles daño mientras siguieran en los confines de aquella pequeña villa. Así pasaron los meses, trabajando sin parar hasta hacer que aquella idea se hiciese realidad en el único lugar en que podía existir. El invierno se hizo duro y cuando sólo faltaban unas semanas para terminar, éste se recrudeció hasta un límite aterrador. Los monjes empezaron a tener extrañas visiones donde se les aparecían fantasmas del pasado que les hacían creer que alguien les esperaba ahí fuera y que abandonaran su labor. Nadie les hizo caso, pero a los pocos días, la noche se tornó violenta, aparecieron entes invisibles que de vez en cuando se atrevían a golpear a los monjes a pesar de permanecer centrados en su trabajo. Sus cuerpos eran sombras coaguladas de maldad y portaban largos látigos cubiertos de dientes humanos que hacían estallar muy de vez en cuando con una fuerza sobrecogedora. Aquellas miradas furtivas exhalaban odio y de sus lenguas viperinas no salía más que miseria y palabras desesperanzadoras. Las calles se llenaron de mentiras y dolor y el primer monje no tardó en morir a manos de aquellas fuerzas sobrenaturales que poco a poco empezaban a cobrar realidad. Ante la segunda muerte, el santo, que permanecía recluido en casa del marqués para protegerlo, dejó aquellos salmos y ungüentos y paseó por aquellas calles desnudas dispuesto a enfrentarse a su destino final.
Las criaturas, salidas del bosque formaron legión y empezaron a rodear aquella figura sagrada que pronto empezaron a golpear y morder. El santo abrió sus brazos y el viento cesó por unos instantes, toda criatura que probaba su sangre moría como si aquel néctar prohibido fuese fuego en sus bocas nauseabundas. Pero eran tantas que pronto su figura se tambaleó mareada por la cantidad de sangre que había perdido. Los látigos relampaguearon en la oscuridad y la nieve se cubrió de sangre. Los árboles empezaron a moverse inquietos por el sacrificio del que eran testigos y el bosque entero emitió unos sonidos extraños cargados de odio y temor ante la señal inequívoca de su derrota. Volvieron los espíritus de aquellos hermanos perdidos al lugar y fueron perdonados tal como estaba escrito; los hábitos del suelo se alzaron silenciosos sobre el aire y las almas de los muertos empezaron a emitir un coro de voces graves que hizo que la luna brillara con una intensidad infinita. Las fuerzas invasoras abandonaron sus puestos y huyeron hacia el bosque en desbandada, horrorizadas ante el triunfo de aquellas fuerzas ocultas que eran incapaces de entender.
Muchas de aquellas criaturas se incendiaron en el acto y a otras les invadió la locura hasta el punto que empezaron a devorarse entre ellas. Entre ellas había un ser de toscos rasgos que caminaba desafiante entre los límites del mal y del bien. Era un viejo ermitaño cuyos ojos eran dos perlas de sangre. No tenía mano derecha y sobre la otra amarraba una cadena que mantenía prisionero a un lobo de facciones siniestras. Su sonrisa era maliciosa pero también expresaba asentimiento al comprender que aquel lugar se había convertido en la frontera que jamás podría cruzar. Así pues, entre tinieblas desapareció para no volver jamás. Miles de almas lo siguieron esperando volver al bosque al que llamaban hogar. Desde entonces el bosque se volvió más oscuro y toda su superficie se cubrió de zarzas que se extendieron hasta rodear por entero el pueblo de la fuente seca. Los monjes, alentados por el martirio del santo, salieron y terminaron la obra aquella misma noche, amparados por la luna creciente que los observaba con su misterioso resplandor.
Continuará...
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada