Tres veces siete años atrás llegó un emisario de pelo canoso. La gente lo miraba pero él no devolvía los saludos, sólo caminaba con sus vestiduras rasgadas hacia las puertas del castillo. Una vez allí, levantó una de sus manos parcialmente mutiladas y reclamó la atención de los allí presentes. Cuando tuvo la mínima audiencia a su alrededor sacó una carta sellada con el símbolo del emperador y empezó a leer el contenido. La guerra había terminado. Los soldados pronto volverían a casa así como el señor de aquellas tierras. Los impuestos bajarían y el hambre desaparecería de las calles para siempre. La gente vitoreaba y a su alrededor se formó un jolgorio popular que duraría horas enteras. Cuando las trompetas sonaros la gente se dispersó llevándose la fiesta con ellos, pero no se volvió a ver a aquel emisario. Parecía que nunca hubiera estado allí. La carta abierta estaba en el suelo y la gente la pisaba hasta hacerla desaparecer como si nunca hubiese existido, al igual que aquel extraño emisario. Pasaron varios meses sin nuevas noticias.
El frío anochecer lo había envuelto todo. El día había sido nublado, era uno de los inviernos más fríos que habría sufrido la región en siglos. Los corazones de muchos hombres se habían helado y ya nadie disfrutaba la victoria. Durante el día las refriegas se habían apoderado de la ciudad y los motines renacían y se propagaban con total libertad. Los rumores circulaban con una fluidez asombrosa. El rey había vuelto a la ciudad, pero nadie lo había reconocido. La gente al verlo entrar montado en su corcel gris proclamaba a gritos que aquél no era su rey. Estaba pálido y sus ojos eran dos perlas vacías, sin vida. Su barba rala caía y se enmarañaba hasta perderse en alguna parte de su cuerpo. Las conjeturas sobre que el rey había sido embrujado no se hicieron esperar; algunos incluso abogaron por decir que su nuevo rey era el demonio encarnado. A la larga todos supieron la verdad, su rey había enloquecido.
Esa noche se escucharon susurros en un callejón sin salida. La gente no se atrevía a salir de sus casas, los guardias montados a caballo rondaban la ciudad y detenían con palizas a todos aquellos los que se interpusieran en su camino, estuvieran o no implicados en las revueltas. Los susurros hablaban de amor y de venganza, de sangre y de misericordia; había pasión en su tono y malicia en su forma de gesticular. Mientras tanto una mujer se arrastraba por la nieve como si en su espalda cayera el peso del mundo entero. Sus lágrimas se habían congelado por el frío y su vestido no lograba disimular un embarazo en estado avanzado del que pronto tendría que rendir cuentas. Sus manos temblaban por motivos desconocidos. Nadie la ayudaba al pasar e incluso miraban hacia otra parte cuando sus rodillas no podían mantenerla de pie. Era una prostituta y nadie sabía quién era el niño que llevaba en sus entrañas. Escuchó el ruido de los caballos y sacó una fuerza sobrehumana para esconderse en aquel callejón. Unos ojos la miraron. La luz se hizo presente. Sólo sus ojos podían verla y sentirla como algo real.
Voz en el callejón: Has venido.. al fin
Prostituta: (No contesta, no ve nada ni a nadie)
Voz en el callejón: ¿No le dices nada a tu hijo?
Prostituta: Déjeme en paz, señor. Estoy enferma, hoy no puedo trabajar.
Voz en el callejón: No estás enferma. Vas a dar la vida.
Prostituta: Por favor, no me pegue... ya no puedo... (rompe a llorar)
Aparecen dos luces azules en el fondo del callejón que se incendian como si fueran fanales de gas débil. Hay una figura envuelta en misterio. Los ojos de la prostituta están borrosos, sólo ve una silueta oscura, poco nítida. De pronto, la nieve se vuelve cálida al tacto, le es agradable y reconfortante tumbarse en la nieve con aquel calor placentero. Sus manos tocan algo, son plumas que caen esparcidas como copos de nieve para inmediatamente desaparecer dejando una fragancia inolvidable que su humilde olfato nunca ha tenido el privilegio de saborear. Cuando llega el momento se pone en cuclillas y pare en silencio. Siente que hay algo en su interior que nunca ha sentido. Le entran unas ganas terribles de descansar. La luz se incrementa. El ser se muestra tal como es.
Ángel del callejón: Y ahora descansa. Ya has sufrido bastante. (toca la frente sucia de la prostituta)
Prostituya: Gracias (se conmueve).
La prostituta muere. La criatura nace. No es ni niño ni niña. Es un ser celestial.
Voz en el callejón: Ahora yo soy en ti, yo soy la luz que guía tu camino.
Voz del sol marchito (lejana): No sabes lo que has hecho.
Voz en el callejón: Mi cruzada no ha hecho nada más que empezar.
Voz siniestra: La guerra no ha terminado todavía.
Voz en el callejón: Así sea.
Continuará...
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