En un desierto de arenas tostadas por el sol hay una torre de marfil impoluta que refleja la luz diurnas con osadía e ímpetu, haciendo que el horizonte se confunda y resplandezcan por igual el cielo y la tierra. Es una torre de rasgos afilados y de gran altura que desafía los movimientos mistéricos de las dunas cuya arena circula alrededor de su presencia sin atreverse a cubrir la más mínima superficie de ese extraño lugar. En el interior hay un ser ancestral que tristemente asoma su cabeza al vacío del desierto, pensando obsesivamente en la única persona que le ha querido, aquel cuyos ojos son blancos como la torre que es a su vez prisión y hogar querido; en un silencio imperecedero e imprevisto se deja llevar por su erotomanía. Fantasea con el rey blanco, con acariciar su mano de nuevo, con besar aquellos labios prohibidos que tanto le han hecho sentir, con paseos nocturnos amparados por una luna caprichosa que despierta sus más íntimos deseos. Baja la mirada al suelo y crea recuerdos que nunca han existido, sueña con llorar de nuevo, recuerda por momentos el día en que todavía fue mujer. Lo ama y lo añora como si fuera el alma que había perdido.
Una noche tranquila pero áspera por el viento cálido del sur, llegó un mensaje a la torre de marfil. El mensajero, un pájaro de presencia nefasta dejó caer un sobre marcado con el sello púrpura y alzó de nuevo un vuelo intempestivo hasta alcanzar la altura del mismísimo sol del cual procedía. Con unas manos trémulas, el sobre fue abierto y la noticia sacudió un corazón marchito que anhelaba con total devoción todo lo que allí había escrito. Era como si su sueño más secreto hubiera cobrado realidad. La muerte del rey blanco había sido profetizada. Pronto tendría su alma en sus manos, sentiría la devoción y la necesidad que años atrás había sentido en su mirada, sería suyo para el resto de la eternidad. Abrazando la carta recordó la última vez que lo vio partir; había finalizado la guerra y los hombres dejaron de matarse unos a otros. Por aquel entonces el rey había enfermado y ambos se encontraron cara a cara en las tiendas del hospital, donde abundaba el trabajo. Nunca se había atrevido a mirarlo fijamente a los ojos, despedían una luz antinatural que le traían recuerdos embriagadores de un pasado feliz. Ahora estaban opacos por la metralla y por algo que los médicos no pudieron explicar. Conservaba la vista, pero era como si el mundo que vieran sus ojos no fuera el mismo. Había otra realidad que le pertenecía y de la que ella era desconocedora. Quiso tocarlo pero sabía que no debía hacerlo, no podía al menos hasta que le dieran otras instrucciones. En secreto se habían amado durante meses pero ahora ese lazo se había ido haciendo cada vez más débil. Algo les había separado. Antes de despedirse, vio su rostro perdido en el vacío, alguien se lo había arrebatado.
El recuerdo se esfumó, pero el anhelo se duplicó. Suspiraba por él. Con una tranquilidad forzada cargó su montura, cogió su guadaña y cabalgó por el cielo que en aquellos momentos empezaba a soplar con fuerza huracanada, creando nubes de arena que enrojecían el firmamento y que presagiaban el final de una era tal como todos la habían conocido. La torre de marfil quedó destruida y fue engullida por las dunas que se desplazaban furiosas por el desierto del olvido. La oscura pesadilla gritaba desde el cielo de la esperanza. Ya no volvería a aquella torre nunca más, la muerte había encontrado un nuevo hogar en la tierra. Ya no necesitaba la soledad, ahora tenía un nuevo amante y ese era el rey blanco.
Continuará...
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