Escena Primera: Caballos Blancos
Los tambores de la guerra vuelven a escucharse por última vez, los campos son invadidos por pies metálicos que marchan al unísono pisando cosechas que no llegarían a alimentar a nadie salvo a la propia tierra. El estallido de la pólvora vuelve a los oídos de los humildes que huyen despavoridos de una guerra que nos les concierne. Las picas son levantadas y marchan afiladas hacia el sur, señalando con desafío las murallas del castillo que pronto debe ser asediado. Los cañones lanzan metralla contra las casas y se producen fusilamientos; los monjes custodios queman los cuerpos con brea mientras se tapan la boca y la nariz intentando no contagiarse de la enfermedad que ha propagado el rey blanco. Pronto se producen los primeros estallidos, las mazas de las huestes de marfil golpean los escudos imperiales y los doblan como si fueran de hojalata, la caballería marcha y se estrella contra mares de lanzas afiladas que no perdonan ni a los jinetes ni a las monturas; se escuchan lamentos, huesos rotos, tosidos fríos que son sinónimo de sangre y hemorragia pulmonar e incluso algunos lloros y lamentos vacuos de los que cierran los ojos a la vida. Las refriegan vienen y van, las embestidas de la caballería del rey blanco se hacen interminables, los cuernos resuenan una y otra vez con cada nueva maniobra; de fondo el sonido aullante de las salvas y las flechas que cruzan el cielo adorna el panorama. Los pedernales están candentes y el acero al rojo vivo.
Las filas de soldados se doblan en algunos puntos, las cadáveres se acumulan e impiden a la caballería marchar con eficacia, muchos de los caballeros caen en una trampa mortal que los abraza desarmados desde sus monturas. Las tropas imperiales se mantienen firmen y aprovechan la superioridad numérica para contener las huestes del rey blanco. Finalmente la caballería es derrotada y el avance de los piqueros se hace imposible de detener; los maceros aguantan solitarios ante un mar de picas largas que los abruma y los hace retroceder involuntariamente. Las flechas caen sobre ellos y los ballesteros aliados apenas pueden contener la marea de metal deshumanizada que no sucumbe ante nada, ni siquiera ante el poderío de sus grandes armas a dos manos. Muchos generales han caído ya y sus cuerpos maltrechos son pisoteados a la vez que sus nombres son olvidados. Es una guerra sin héroes, todos los allí presentes, vivos y muertos, vencedores y vencidos son anónimos, pues la verdadera guerra no se está llevando a cabo en las puertas del castillo sino en otro lugar muy lejano que no puede ser descrito ni reducido a una mera abstracción o lugar espiritual. Se trata de una guerra que tiene una trascendencia infinita y de la cual, ésta es sólo una copia que resuena en la tierra, convertida metafóricamente en carne y acero.
Cuando el sol empieza a ponerse el avance de las tropas imperiales se hace evidente. Las huestes del rey blanco son derrotadas. Sobre la nueva necrópolis afloran los cadáveres insepultos de cientos de sementales blancos, corceles majestuosos que eran montados por los mejores caballeros de su ejército. Ahora todos yacen sin vida sobre la tierra, en un manto de sangre y acero que parece no tener fin. Aquella imagen se graba en sus ojos. Una lágrima de sal sella el pacto. Los maceros huyen y abandonan los pequeños poblados periféricos sobre los que se había establecido el campo de batalla. Las casas son derribadas por la artillería y sobre la muralla se empiezan a ver ya los primeros golpes de flechas que rebotan en su fina superficie. Los aldeanos son masacrados. Los soldados imperiales ajustician a los hombres y llenan las barrigas de las mujeres con retoños miserables que nunca verán la vida.
Las colosales puertas de plata se cierran; los soldados que no llegan a tiempo son abatidos por los arqueros enemigos o huyen en dirección contraria buscando el cobijo de los bosques cercanos. Desde las murallas los alabarderos refuerzan los pasillos y los sargentos empiezan a dar las primeras órdenes; se pueden ver chicos pequeños corriendo de un lugar a otro repartiendo carcajes de flechas y pequeños sacos de pólvora a los soldados que yacen sentados, enmascarados en un silencio cruel que delata el miedo a la muerte. Muchos puestos son asegurados y reforzados con hombres de armas, veteranos en el manejo de la espada y el escudo; detrás de las puertas se amontonan maderas y carros cargados de toneles e instrumentos agrícolas, pues cualquier cosa es válida para obstaculizar la entrada del enemigo. En un lugar de la torre, un soberano maldice el don que le ha sido otorgado. Mira el campo de batalla antes de que los últimos rayos de sol le arrebaten los recuerdos que surgen de sus entrañas.
Afuera, los soldados avanzan, las filas son reorganizadas y se adaptan al avance rápido. No perdonan la vida a nada ni a nadie, los prisioneros son ahorcados de los árboles e incluso los caballos ejecutados como traidores. Cuando ya no quedan ramas suficientemente robustas para ahorcar a los prisioneros, las ejecuciones las realizan los rudimentarios fusiles de las tropas. Cada ráfaga resuena demoledora en los oídos del rey blanco. Es como si cada una de las balas fuera directa a su corazón. Siente la agonía de los soldados que mueren por su causa y lamenta la culpa que se cierne sobre su alma. Todavía siente esa puerta en su interior que se abre cada vez más y deja salir toda aquella locura que ha invadido el mundo entero. Piensa por momentos en renunciar a su don, pero sabe que no puede, nunca tuvo la opción de dejarlo en manos ajenas.
La imagen de aquellos caballos blancos esparcidos por el campo de batalla como juguetes rotos le provoca náuseas. El rey se arrodilla y vomita. De su boca sale un pus negro que se esparce por el suelo corroyendo la piedra y el granito, es el veneno materializado que correo su alma por dentro. Antes de retirarse mira por la ventana. La noche ha llegado.
Continuará...
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada