26 enero, 2012

La Ciudad de la Niebla (Acto II, II)

Escena Segunda: La Noche sin Alma

La noche envolvió el mundo con una mortaja gris, los cuerpos sin vida de miles de soldados poco a poco fueron perdiendo brillo y desaparecieron engullidos en la oscuridad más primitiva. Parecía que nunca habían existido y que su muerte sólo fuera un eco del pasado remoto. Los sonidos empezaron a resonar con fuerza en mitad de la noche. Allí en las tinieblas se montaban tiendas de campaña, se excavaban trincheras y los zapadores colocaban cientos de artilugios bélicos tales como cadenas, ganchos y empalizadas De vez en cuando las flechas silbaban y las grandes estructuras de madera lanzaban piedras al vacío de la noche, más intentando probar su valía y no tanto buscando objetivos concretos. El asedio había empezado. Poco a poco cientos de hogueras empezaron a cobrar vida. Todos aquellos puntos rojos en mitad del frío parecían ojos enfurecidos que miraban con superioridad un ideal casi inalcanzable; el viento los movía y eso les daba la motivación necesaria para propagarse en un campo donde la sangre ya había sido vertida.

La noche fluyó acompañada de mil sonidos. Estaban los lamentos de los heridos y de aquellos que en el último momento se arrepentían de haber entrado en la ciudad del rey blanco. Había personas encolerizadas y otras que habían sido poseídas por el pánico más intenso que sólo el temor a la muerte puede provocar. Pero también había sonidos viscosos y horribles que resonaban en el mundo entero. Nadie los escuchaba salvo un viejo pagano que había prometido a sus dioses dar la vida por su rey cuando fuera necesario. Su rostro demostraba el temor de un hombre sabio que ha aceptado por fin enfrentarse a la vida. Las campanas sonaban lentamente, siguiendo el ritmo del tiempo de un lugar que cada vez estaba más cercano. Los gusanos engordaban y se hacían cada vez más grandes, recorrían el subsuelo abriendo galerías hediondas, aireando tierras que la luz jamás ha pisado y que no deben ser molestadas. El viejo sentía su inquietud. Pronto se harían con el mundo agonizante sobre el cual aparentaban vivir.

Mientras tanto, había un lugar extraño donde no se había ocultado el sol. El astro agonizaba, perenne, congelado en un cielo azul, inundándolo todo de un brillo anaranjado como nunca antes se había visto. Los soldados seguían luchando en un lugar ruinoso de grandes pilares blancos. La avanzadilla imperial acompañada de mercenarios con ballestas rodeó aquel pequeño pueblo pesquero cuyo mar se había oscurecido como si no formara parte del mismo mundo. Las olas resonaban con fuerza en la playa aunque aquel mar visualmente permanecía muerto, en una calma desesperante que indicaban que el mundo había dejado de girar. Los soldados del rey salieron en tropel desde el interior del pueblo, cargando contra un enemigo demasiado confiado que no esperaba ningún tipo de resistencia armada. Las lanzas chocaban entre sí y ambos grupos se mezclaron convirtiéndose en una gran masa erizada que se exterminaba a sí misma. Los soldados eran atravesados por las lanzas pero nadie moría, las lanzas se perdían en un mundo indiferenciado de vacío y dolor. Todos regresaban una y otra vez a ese mar interminable de lanzas donde solamente el cielo conservaba su color. Todos los soldados se iban volviendo grises y sus rostros enmudecían hasta que se ensombrecían del todo. No había insignias ni estandartes. Todos querían matar y ser matados. Sus súplicas, sin embargo, no fueron atendidas.

Antes de que el sol renaciera los matacanes empezaron a arrojar piedras y aceite hirviendo. Los guardias habían dado la señal de alarma. Las torres de asedio y las escalas avanzaban hacia las murallas con una velocidad asombrosamente rápida. Los generales hacían estallar los látigos en suelo como señal de advertencia. Tras sus espaldas la artillería daba los primeros toques al enemigo. Algunas torres sufrieron grietas considerables y más de un arquero defensor perdió la vida alcanzado por la metralla, pero la visibilidad en aquel momento era casi nula y muchos de los cañones erraron, impactando en sus propias huestes. Después de la primera tanda de proyectiles, los tambores volvieron a sonar. Los enemigos se acercaron a la muralla y las escalas empezaron a ser levantadas. Las flechas iban y venían pero las ballestas de los soldados del rey atravesaban los escudos enemigos sin piedad, convirtiendo cualquier impacto en una muerte segura. Las maniobras fueron lentas en última instancia y las bajas considerables, pero antes de la media hora las tropas imperiales ya luchaban en las murallas. Sonaron pues los clarines de la guerra y acudieron los lansquenetes a las torres vigías, haciendo retroceder al invasor con sus grandes espadas y sus maniobras extremadamente temerarias. La batalla parecía inconclusa. Todos los paladines del rey blanco habían dejado su vida en los muros, así como la mitad de las tropas de a pie y gran parte de los alabarderos, pero también las bajas imperiales fueron cuantiosas y la dificultad de maniobrar en aquel terreno abrupto y bajo el amparo de la noche hizo que los refuerzos se demoraran demasiado. Muchos habían visto algún general imperial perecer alcanzado por una ballesta enemiga y se dice que incluso el arzobispo había muerto abrasado por el aceite hirviendo mientras dirigía el asalto armado con su gran maza. Muchas escalas fueron tumbadas por los alabarderos y una de las tres torres de asedio se había derrumbado vencida por la contundente acción de las cañones del rey blanco.

El pánico se hizo en las calles de la ciudad cuando la última puerta fue destruida. Los escombros no habían podido retener al ariete enemigo que se había abierto paso lentamente hasta provocar tal desgracia. La cabeza de macho cabrío fue la primera en deshacer la incógnita provocada por aquellos sonidos metálicos. Al poco rato entraron los perros de la guerra, mercenarios traídos de tierras lejanas que empezaron a perderse en sus calles quemando las casas y matando cualquier persona o animal viviente que se interpusiera en su camino. Portaban ropas andrajosas y sus marcas negras en la cara afianzaban su fealdad. No obstante, sus hachas a dos manos eran robustas y tenían un filo más que perfecto. La guardia urbana combatía en las calles intentando parar los pies a aquella muchedumbre armada. El miedo a perder a sus familias los mantenía unidos y aunque la indisciplina de aquellos bárbaros era un punto débil, eran incursores aguerridos que luchaban hasta la muerte, sin miedos ni deseos que cumplir.

Sobre los muros ya no quedaba ningún enemigo vivo y la mayor parte de las escalas sólo trasladaban futuros cadáveres que no llegaban ni a media altura. La bandera del rey blanco ondeaba triunfante, pero al poco rato la visión de los portones abiertos fue un mazazo inoportuno; muchos de los soldados huyeron hacia los muros interiores allí donde se erigía la torre del rey. Algunos incluso se defecaron al imaginarse aquella masa desalmada avanzar lentamente en mitad de la noche ante una ciudad sin barreras.

Continuará...

Waiting The Dream

Waiting The Dream